sexta-feira, 24 de abril de 2009

Francisco y el Señor Papa

Dos mil franciscanos de las distintas ramas que hoy encarnan la vida del Poverello de Asís se han reunido ochocientos años después de la aprobación de su Regla por el papa Inocencio III en un nuevo Capítulo de las Esteras. Benedicto XVI les ha dedicado un hermoso discurso que retoma uno de los núcleos de su pensamiento: la complementariedad de carisma e institución para la edificación de la Iglesia.

En el famoso libro-entrevista Dios y el mundo, Joseph Ratzinger explica que "la esperanza de la Iglesia es que cuando se banaliza y amenaza con hundirse, surjan en su interior nuevas salidas gracias a la fuerza del Espíritu Santo". Se trata de salidas no planeadas, sino que brotan de personas que han recibido un don del Espíritu, una llamada a la que han respondido con un sí incondicional, del que se han derivado consecuencias imprevisibles. Como acaba de decir el Papa a los franciscanos de hoy, aquella docena de frailes se ha convertido en una multitud, en un río que se extiende por los cuatro puntos cardinales para fecundar la Iglesia entera con el carisma regalado a Francisco.

En su época el cristianismo se había vuelto plúmbeo, pesado y sin brillo (¿cuántas veces podemos repetir esto en la historia, incluso ahora mismo?) y todos los planes y organizaciones resultaban inútiles para suscitar un nuevo frescor. Era necesario un hombre que acogiera con toda radicalidad la novedad perenne del Evangelio, que tuviera la gracia de saber comunicar esa novedad en su época y de generar una adhesión que se transformase en compañía visible y atractiva para todos. Lo que la Iglesia necesitaba, explica Ratzinger en Dios y el mundo, era "una renovación carismática desde dentro, reavivar la llama de la fe y no sólo la capacidad y la estrategia de la administración y del orden político". Francisco fue la respuesta, como antes lo había sido Benito, como lo fueron después Teresa, Ignacio y tantos otros hasta nuestros días.

Toda la energía de la gran renovación franciscana, que en una generación alcanzó los confines de Europa y aun los desbordó, se entiende sólo a raíz de la conversión del joven Francisco. Enamorado de Cristo, desea vivir la vida entera según la forma del santo Evangelio: ése es su secreto, la fuente de la que mana su encanto único, su capacidad de persuasión, su alegría inextinguible y su amor a todas las criaturas. Como ha resumido Benedicto XVI, "se convirtió en un Evangelio viviente, capaz de atraer a Cristo a los hombres y mujeres de todo tiempo, especialmente a los jóvenes, que prefieren la radicalidad a las medias tintas".

Francisco entiende desde el primer momento que la garantía de su camino es su inserción en el tronco de la Iglesia. A su alrededor pululaban movimientos de reforma que se contraponían a la institución eclesial, que cifraban su ideal en una falsa libertad respecto del cauce jerárquico y sacramental. Esa postura, comenta el Papa, le habría procurado no pocos seguidores, pero él comprendió que la fidelidad al Evangelio estaba indisolublemente ligada a la pertenencia a la Iglesia tal como era, y no según las fantasías con las que cada uno quisiera proyectarla. Francisco nunca sucumbió a la tentación de escandalizarse de la Iglesia tal como era, de juzgarla desde la superioridad o de reinventarla según sus esquemas. Por eso desde el principio quiso poner su camino y el de sus compañeros en manos del Sucesor de Pedro. Más aún, desde el momento de su vocación ante el Cristo de San Damián, Francisco había comprendido que la nueva vida que estaba llamado a iniciar y extender estaba orientada a la reparación de la Iglesia: ¡Francisco, repara mi casa!

Podemos imaginar también la sorpresa e incluso la extrañeza que pudo sentir Inocencio III ante aquel joven que pretendía vivir el Evangelio sin glosa, que había cortado amarras con las seguridades de la casa paterna y del entorno civil en el que se le anunciaba una carrera de éxitos y riquezas. Las formas de aquella docena de compañeros postrados de hinojos ante el obispo de Roma podían sugerirle que se trataba tan sólo de una locura más, de un nuevo exotismo, y no faltarían entre sus colaboradores voces que aconsejaban no secundar semejante desatino. Pero aquel hombre acostumbrado a la gran política de su tiempo comprendió que lo que la Iglesia necesitaba era la sencillez del puro Evangelio que encarnaban Francisco y sus compañeros, y contra todo cálculo y pronóstico mundano bendijo aquel incipiente camino para bien de toda la Iglesia.

La buena semilla de Francisco ha multiplicado su fruto a lo largo de las generaciones y se hizo presente el pasado sábado de nuevo ante el Señor Papa, como a él le gustaba decir. Benedicto XVI repitió el gesto de Inocencio III, confirmando el envío que aquel realizara hace ochocientos años: "¡Id!, id y seguid reparando la casa del Señor Jesucristo, su Iglesia". Porque también hoy, como siempre, personas y comunidades dentro de la misma Iglesia amenazan ruina. Responder a esa tarea sólo será posible volviendo a partir siempre de Cristo, escuchándolo en el corazón de una Iglesia siempre herida, pero misteriosamente siempre sostenida por la fuerza de su Señor. Confirmando a los hijos de Francisco en su tarea de siempre, Benedicto XVI ha enviado un mensaje a todos, lleno de lecciones para la hora presente.

José Luis Restán
http://iglesia.libertaddigital.com

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