quarta-feira, 25 de fevereiro de 2009

Marx y el Islam

Karl Marx.
Si los izquierdistas pro-islamistas de Occidente que solemos encontrar en las manifestaciones contrarias a Israel y Estados Unidos se molestaran en leer más cuidadosamente a Karl Marx, podrían llevarse una ingrata sorpresa.
En tiempos de la Guerra de Crimea (1853-1856), el pensador alemán abordó en sus escritos la "cuestión oriental" con una franqueza tal que provocaría escozor a los políticamente correctos progresistas actuales. Veamos un primer pasaje:
El Corán y la legislación islámica que emana de él reducen la geografía y la etnografía de los pueblos a la distinción, convenientemente simple, de (...) Fiel e Infiel. El Infiel es harby, es decir, el enemigo. El islamismo proscribe (...) a los Infieles [y postula] un estado de hostilidad permanente entre el musulmán y el no creyente.
Esta completamente acertada observación marxista acerca de la religión mahometana sería a su vez confirmada a principios del siglo XX por el tártaro Hanafi Muzzafar, que pronosticó:
El pueblo musulmán se unirá al comunismo porque, como el comunismo, el Islam rechaza el nacionalismo estrecho.
Este repudio del nacionalismo se sostenía en una premisa sencilla. "El Islam es internacional y sólo reconoce la hermandad y unidad de todas las naciones bajo su bandera", decía el musulmán Hanafi, que, bueno es saberlo, era socialista, no un fundamentalista religioso.

Tan convencido estaba Marx de que el Islam tenía un componente xenófobo, que llegó incluso a escribir apologéticamente respecto del colonialismo occidental:
En tanto que el Corán trata a todos los foráneos como enemigos, nadie se atreverá a presentarse en un país islámico sin haber tomado precauciones. Los primeros mercaderes europeos (...) que se arriesgaron [a comerciar] con semejante gente se esforzaron en asegurarse un tratamiento excepcional y unos privilegios que en un primer momento fueron personales pero que acabaron extendiéndose a todos sus connacionales. He aquí el origen de las capitulaciones.
Marx entendía que el laicismo debía imperar para que la revolución tuviera alguna posibilidad en esas tierras lejanas:
Si se pudiese abolir su sometimiento al Corán por medio de la emancipación civil, se cancelaría, al mismo tiempo, su sometimiento al clero y se produciría una revolución en las relaciones sociales, políticas y religiosas...
Al mismo tiempo, no tenía demasiadas esperanzas puestas en el espíritu proletario de las masas musulmanas:
Ciertamente, tarde o temprano se planteará la necesidad absoluta de liberar a una de las mejores partes de este continente del gobierno de la turba, ante la cual el populacho de la Roma imperial parecería una reunión de sabios y héroes.
Por su parte, Friedrich Engels no parecía tener mayor respeto por las instituciones públicas de los musulmanes. En una carta enviada a Marx escribió:
El gobierno en el Este siempre ha tenido solamente tres departamentos: Finanzas (es decir, robar a las gentes del país), Guerra (es decir, robar a las gentes del país y de otros lugares) y Obras Públicas (preocupación por la reproducción).
Claramente, el sentimiento comunista encendió el interés de un sector de la intelectualidad islámica. Mir Said Sultán Galiev, titular de la sección musulmana del Partido Comunista ruso y protegido de Stalin en el Comisariado de las Nacionalidades, opinó en 1918:
Todos los pueblos islámicos colonizados son pueblos proletarios, y como casi todas las clases en la sociedad islámica han sido oprimidas por los colonialistas, todas tienen derecho a ser llamadas "proletarias".
Sultán Galiev murió cinco años después, víctima de una purga estalinista.

Pero a diferencia de lo que ocurrió en Europa, las masas musulmanas del Medio Oriente permanecieron en general indiferentes ante el llamado de los comunistas. El eminente historiador Walter Laqueur (de quien he tomado las citas de Marx y Engels) ha trazado un panorama de la situación en su tratado Communism and Nationalism in the Middle East. Durante los años 50, en plena Guerra Fría, Austria podía preciarse de tener más comunistas que los que había en todo el Medio Oriente. En Holanda había veinte veces más comunistas que en Sudán, quince veces más que en Jordania y diez veces más que en Turquía. Los partidos comunistas de Egipto, Siria, el Líbano e Irak, juntos, apenas lograban igualar o levemente superar el número de comunistas que había en Bélgica. Estos datos son especialmente elocuentes, sobre todo si tenemos en cuenta que dejamos fuera de la comparación a Francia y a Italia, donde el movimiento comunista mostró su mayor fortaleza.

Los izquierdistas radicales que hoy adornan las manifestaciones musulmanas en las capitales de Occidente podrán estar siguiendo el lema de Molotov: "Todos los caminos conducen al comunismo"; pero sus camaradas ocasionales en la lucha contra el orden establecido tienen otras metas en mente. Ellos no luchan por un mundo más igualitario, sino por un mundo más islámico. Por extraño que esto parezca a los pseudo-progresistas modernos, para el fundador del comunismo ésta era una verdad evidente.


JULIÁN SCHVINDLERMAN, analista político argentino.
http://revista.libertaddigital.com

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