sexta-feira, 27 de fevereiro de 2009

El vuelo de Saint-Exupéry

En los primeros días de agosto de 1936, Antoine de Saint-Exupéry sobrevuela los Pirineos con destino Barcelona, como enviado especial de L´intransigeant para escribir crónicas sobre la Guerra Civil, que acaba de estallar. Lo primero que llama la atención del aviador, cuando pasa sobre Figueras, es el brillo de una iglesia: «Esa iglesia brilla al sol, pero sé que la han quemado. No consigo distinguir sus heridas irreparables. Se ha disipado ya el humo pálido que se ha llevado sus dorados, que ha disuelto sus artesonados, sus devocionarios y sus misales en el azul del cielo. Ni una sola línea se ha alterado.»

El escritor ha venido a España después de una experiencia dramática, que a punto ha estado de costarle la vida. Poco antes de la medianoche del 29 de diciembre de 1935 había partido de Benghazi destino a Saigón, con el fin de batir un récord y alcanzar la ciudad indochina en 87 horas. Pero su avión desapareció tras el mar de dunas, aquella madrugada. El 1 de enero 1936, un beduino encuentra a Saint-Exupéry en bastante mal estado, junto a su mecánico, y logra salvarlos, llevándolos hasta El Cairo.

Después del accidente queda en paz -sobre ello escribe en Tierra de hombres: «No tengo ya un solo enemigo en el mundo»- pero aquel agosto, viajando a España, sabe que ingresa en el desierto de humanidad que es la guerra, aunque desde el aire no aprecie las cicatrices ni las fronteras. Por el cielo de Gerona y Barcelona, cavila: «Una vez más, iglesias devastadas me parecen intactas. Por algún lado percibo un humo casi invisible. ¿Es una de las señales que buscaba? ¿Es el testimonio de esta cólera que tan pocos destrozos ha provocado, que ha hecho tan poco ruido y que, sin embargo, tal vez lo ha arrasado todo? Toda una civilización permanece en esa brisa de oro». Finalmente, bajo las nubes, el escritor toca la frontera invisible que atraviesa el corazón de los hombres cuando unos anarquistas, esa misma noche, se llevan a punta de fusil a su compañero de mesa, con los brazos en alto como alquien que se ahoga, que deja el último vaso de vino, el vaso de su vida, a medias.

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