domingo, 16 de dezembro de 2007

El aborto y el falso «progresismo»

Las primeras reacciones de los grupos proabortistas ante las informaciones publicadas por ABC, en las que se ha dado cuenta de las atroces prácticas homicidas utilizadas en diversos centros clausurados por orden judicial o administrativa, han reincidido en el mismo discurso amoral y cínico que impregna toda la ideología abortista. Nada más salir a la luz que estos centros trituraban los cadáveres de los fetos, que mataban con pericia carnicera a niños de ocho meses, ya en parte fuera del claustro materno, y que los restos de esta barbarie aparecían en los cubos de basuras -como los que rescataban los activistas provida a los que hoy dedica este periódico un amplio reportaje-, los proabortistas han emprendido una réplica victimista y falaz.

Ahora denuncian agresiones a empleados de estos centros -que, si son ciertas, deben ser perseguidas como cualquier delito-, se alarman por una mano negra clerical que no existe y se escudan en los «derechos de la mujer» para zanjar cualquier voz discrepante. Incluso el ministro de Sanidad, Bernat Soria, se permitió ayer comparar a los movimientos antiabortistas con la Inquisición, lo que encierra una debilidad intelectual endémica, porque no es capaz de superar la cuestión previa del debate: que el aborto es la muerte de un ser humano. La ideología abortista elude el derecho del no nacido a la vida y se limita a ensamblar reproches tópicos. Por eso, frente a las evidencias de que los centros médicos clausurados practicaban abortos ilegales, con técnicas horripilantes, los abortistas no han reaccionando con una mínima autocrítica, sino atacando al mensajero y reclutando al progresismo con sus señuelos habituales, como la Iglesia, la derecha y el sectarismo.

La defensa de la vida del no nacido no es una cuestión religiosa ni partidista. Tampoco es una restricción para la libertad de las mujeres, aunque el abortismo defienda la interrupción del embarazo como una «compensación» a la carga de la maternidad. Es una cuestión de puro respeto al orden natural de la vida humana, eso sí, hoy presionada por un ambiente dominado por un nihilismo que le resta valor y que pretende promover una visión utilitarista del hombre, bajo la apariencia siempre de un derecho subjetivo, sea el de la mujer a abortar o el del enfermo o anciano a morir. En el aborto, la víctima no presta consentimiento ni recibe el más mínimo amparo legal; tampoco hay posibilidad jurídica de que el padre evite la muerte de su hijo no nacido -pero si este nace deberá responder de su cuidado- y es el único caso de delito contra la vida en el que cualquier imagen que refleje el resultado del homicidio, en vez de conmover conciencias -como en la tortura o la pena de muerte-, es tachada de manipuladora.

El problema de los proabortistas es que ante la actual situación no pueden sostener seriamente un debate de principios, valores y ciencia en torno al aborto. Pocos casos hay tan claros como éste en el que la pretendida superioridad moral o intelectual del «progresismo» se descubra como una pura y burda falsedad.

www.abc.es

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