sexta-feira, 28 de novembro de 2008

Otra vez Bombay


Escribo estas líneas cuando los combates todavía se suceden en las calles de Bombay y los españoles vivimos con especial ansiedad el retorno de nuestros compatriotas, narrando duras experiencias que nunca olvidarán. Hoy Bombay está muy cerca de España, un hecho excepcional que no deberíamos dejar pasar sin extraer algunas lecciones importantes.

India es una potencia emergente. Con más de mil millones de habitantes, una élite académica excepcional que conquista las más ansiadas cátedras de Occidente, sectores de tecnología punta que nada tienen que envidiar a los más sofisticados de Estados Unidos... es un país llamado a ocupar un papel excepcional durante el siglo recién comenzado. Por milagroso que pueda parecer, el régimen democrático enraizó en estas tierras, dotando a su sociedad de estabilidad y de mecanismos legítimos para canalizar y resolver las previsibles tensiones originadas por un cambio acelerado. India, además, pertenece al limitado club de las potencias nucleares, un armamento justificado por su rivalidad con Pakistán, pero que no pierde de vista las ambiciones regionales de China.

India está en el buen camino, pero arrastra lacras y viejos problemas que no por comprensibles son menos graves. Los índices de pobreza son altísimos. Las tensiones religiosas se resuelven periódicamente con masacres. La corrupción, sobre todo en determinados estados, es endémica.

Entre los muchos retos que India tiene ante sí el que plantea el Islam radical ocupa un papel relevante. El nacimiento del propio Estado, tras la independencia del Reino Unido y la desaparición del Raj, estuvo marcado por el deseo de una buena parte de la comunidad musulmana de constituir su propio Estado, un Estado acorde con sus valores y reglas, un Estado «de los puros». La división se hizo realidad, pero con resultados desastrosos. Del dominio británico surgieron, tras muchas vicisitudes, tres Estados: India, Pakistán y Bangla Desh. Las migraciones, más o menos forzadas, supusieron un extraordinario sufrimiento para millones de personas. Algunos de los dirigentes de Estados con mayoría musulmana optaron por continuar en India, creando situaciones donde el nacionalismo irredento encontró su caldo de cultivo. Las guerras entre Pakistán e India se han sucedido sin llegar a resolver el destino de los territorios en litigio, pero han animado una carrera armamentista que ha distraído enormes cantidades de dinero que podían haber tenido mejor destino y que ha llevado a ambas potencias al estadio nuclear. Hoy forman parte de India unos 150 millones de musulmanes, una cantidad algo inferior a la población de Pakistán.

La búsqueda de una solución a la reivindicación musulmana por medios violentos es tan antigua como la creación de estos Estados. Durante años en la zona fronteriza han actuado grupos terroristas contra los intereses indios. En un proceso paralelo a la radicalización islamista en la lucha contra la invasión soviética en Afganistán, estos grupos fueron cayendo bajo el influjo del islamismo. Ya no era sólo una cuestión nacional, ésta tenía un claro sesgo fundamentalista.

Se ha especulado mucho con el papel que Al Qaeda puede haber estado jugando. Una respuesta concreta se hace más difícil a la vista de la evolución de esta organización terrorista, desde un grupo con un centro de mando y control claramente definido a una vaga red donde formaciones independientes reclaman para sí una marca atractiva que, llegado el caso, puede recibir una clara legitimación de los restos de la cúpula original. No parece aventurado afirmar que Al Qaeda está presente en alguno de estos grupos y que su influencia ha sido determinante en su organización y objetivos.

Si la inteligencia militar paquistaní jugó un papel decisivo en el aprovisionamiento de las fuerzas talibanes, algo semejante podemos afirmar que ha ocurrido con estos grupos fronterizos. Han sido utilizados cuando convenía, pero no siempre han podido ser controlados. Actúan con una visión propia, que a menudo choca con la de la inteligencia militar. Por otro lado, la inteligencia militar es un poder en sí mismo, en un Estado con forma democrática pero con una realidad compleja. El actual Gobierno del Partido Popular, la fuerza política más abierta a la modernización y a Occidente, difícilmente controla a las Fuerzas Armadas y mucho menos a los servicios de inteligencia. Los militares son bien conscientes de que continúan siendo el pilar del Estado y de que los partidos sufren un altísimo desgaste y están de paso por las instituciones, más aún cuando caen en la corrupción. El actual presidente pasó por la cárcel por la comisión de delitos comunes y a nadie extrañaría que volviera dentro de unos años. De ahí que las Fuerzas Armadas tiendan a fijar en exclusiva la estrategia nacional y que la apliquen sin admitir control gubernamental o parlamentario. Nadie duda de las buenas intenciones del actual Gobierno, pero siempre quedarán dudas sobre el papel jugado por la inteligencia militar paquistaní en éste y en tantos otros atentados terroristas en suelo indio.

Si la cuestión nacional llevó a una carrera armamentista que llegó hasta el umbral nuclear, a nadie se le escapa que actos terroristas de éstas o de mayores dimensiones, siempre con la sospecha del papel jugado activa o pasivamente por las autoridades paquistaníes, pueden exacerbar la situación hasta el punto de provocar el reinicio de las hostilidades. Ése es el objetivo de los terroristas. Si analizamos someramente la información de que disponemos vemos una acción bien organizada, con varios comandos actuando de forma coordinada en objetivos previamente fijados. No son casuales. Una de las ciudades más dinámicas y abiertas al mundo; los hoteles en los que se encuentran hombres de negocios para invertir en India; centros de comunicaciones y, como no, una institución judía. Entre los secuestrados había una representación de esa elite global que está trasformando el planeta y un rabino. Los terroristas buscan golpear a India donde más le duele, en su puerta a Occidente, poniendo en peligro inversiones y vínculos de todo tipo.

España, como el conjunto de Europa, tiene un papel en esta crisis. No se trata sólo de que en esta ocasión compatriotas nuestros se encuentren entre las víctimas. India es una democracia amenazada por un enemigo común, el islamismo. Como nosotros, y como tantos otros, está sufriendo el chantaje del terrorismo y se merece nuestra solidaridad y nuestra ayuda. Ahora más que nunca es cuando tenemos que comprometernos en colaborar con el desarrollo de esta gran nación que representa con gran mérito algunos de nuestros valores. En un mundo global lo que ocurra en India es fundamental para nuestro propio futuro. Hemos visto como gracias a la tenacidad norteamericana Al Qaeda ha sido derrotada en Iraq y trata de convertir Pakistán en su teatro principal de operaciones. También en India es posible derrotarlos.

Pakistán está en el origen del problema, pero también es hoy el principal objetivo de los radicales. La debilidad de su régimen democrático, su estratégica posición geográfica y, sobre todo, su arsenal nuclear y de misiles le hace enormemente atractivo para los radicales. Nadie hay menos interesado en una escalada de violencia que su gobierno, volcado en el desarrollo económico y social del país y en el combate contra el terrorismo en su frontera afgana. Pakistán necesita nuestra colaboración para modernizarse, tanto como nuestra presión para que no cese la persecución contra los fanáticos y para que depure sus Fuerzas Armadas y sus servicios de inteligencia. Una actitud conjunta hacia estas dos naciones ayudaría a estabilizar la situación y a crear las condiciones para garantizar tanto el bienestar como la estabilidad. En las próximas décadas esta región, con Afganistán e Irán a su espalda, continuará siendo la más peligrosa del planeta.

Florentino Portero
www.abc.es

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