quarta-feira, 16 de junho de 2010

Antifranquismo y democracia

Desde la transición, uno de los supuestos políticos más comunes, nunca explicado a fondo, es la identificación de antifranquismo y democracia.

La idea parte del equívoco fundamental sobre la guerra civil, que ya he aclarado reiteradamente: la pretendida continuidad entre la república del 14 de abril y el Frente Popular, y la legitimidad democrática de este último, una tesis realmente absurda, pero que, por haberse extendido tanto, ha degradado la política actual hasta convertirla en concurso de farsantes. Pues se ha extendido tanto a izquierda como a derecha, ambas contribuyentes a la llamada memoria histórica, la izquierda activamente, la derecha en el papel pasivo. Así, iniciativas izquierdistas como la glorificación de las Brigadas Internacionales, la condena del Alzamiento del 18 de julio o el "reconocimiento moral de cuantos sufrieron persecución por el franquismo", que recordaba Leguina hace poco, fueron rápidamente aceptadas por un PP ansioso de "mirar al futuro", cual pitonisa, y lleno de pánico sobre el pasado, cuyas lecciones rehúsa aprender.

La oposición al franquismo, desde la victoria de éste, en 1939, fue escasa en cantidad, pero muy variada en calidad, desde el comunismo a los sectores más fascistas o pronazis de la derecha. Durante la guerra mundial, cuando la derrota del Eje apareció clara, la irreflexiva convicción de que los Aliados iban a derrocar al franquismo empujó a algunos sectores desgajados del propio régimen a volverse de pronto demócratas; se agruparon generalmente en torno al aspirante al trono, Don Juan, y andaban deseosos de conseguir el poder para ellos, aupados por los tanques useños e ingleses. Sus intrigas, que he resumido en Años de hierro, oscilan entre lo cómico y lo patético, y su increíble falta de análisis y realismo político se manifestó en tres grandes errores de concepción:
a) subestimaron la decisión de Franco y de la mayor parte del régimen de no rendirse;

b) pensaron volver a una situación parecida a la de la república, con ayuda de los socialistas de Prieto, cuando el PSOE había sido el principal causante de la guerra, de la que no había aprendido nada, y Prieto, uno de los principales responsables; y

c) no tenían en cuenta para nada la probabilidad de encender una nueva guerra civil (esto fue lo que disuadió de intervenir a anglosajones y franceses, algo más inteligentes que aquellos demócratas españoles de ocasión: en una Europa arruinada, un chispazo revolucionario podía destruir la reconstrucción democrática de la parte occidental, reconstrucción posible solo desde la presión u ocupación militar).
Cuando triunfó la estrategia de Franco de resistir y esperar a que la alianza entre la URSS y las democracias se viniera abajo, aquellas intrigas se vinieron igualmente abajo, quedando dentro de España la única oposición operativa de los comunistas, agentes entusiastas de la democracia staliniana. Ya he explicado algo que muchos se han negado a ver: el modo como discurrió y terminó la guerra civil disolvió las viejas ilusiones y utopías de casi todos los votantes o seguidores del Frente Popular. Lo comprobaría el PCE cuando quiso activar una guerra de guerrillas, el maquis. Fuera de la acción comunista solo cabe reseñar esporádicos golpes anarquistas.

Por los años sesenta empezó a moverse una oposición más amplia, aunque siempre la comunista fuera la más destacada y en parte la impulsora de las demás. Aquella oposición encontró una ayuda impensada en la política emprendida por parte de la Iglesia que, previendo la caída del franquismo, buscaba distanciarse de él para no compartir su destino. Fue sin duda un error de cálculo, porque el franquismo nunca cayó, propiamente hablando, sino que dirigió, tras la muerte del Caudillo, su propia transformación en democracia. Y lo fue también porque contribuyó en gran medida a reimpulsar los viejos demonios familiares del marxismo, el separatismo y el terrorismo.

La nueva oposición se componía de grupúsculos variopintos, desde pacifistas a terroristas, desde cristianos radicalizados y juanistas a maoístas, facciones carlistas y falangistas, que, en su mayoría, no tenían empacho en asociarse entre ellos contra el enemigo común. ¿Eran demócratas, o había demócratas entre ellos? El mero hecho de aceptar a los comunistas como eje de asociaciones como la Asamblea de Cataluña y similares, su simpatía por el terrorismo etarra, su reacción ante las denuncias de Solzhenitsyn y otros muchos episodios reveladores dejan bastante claro su carácter. Lo mismo puede decirse del PSOE, que resurgía bajo mil protecciones con una retórica de lucha de clases, socialismo y similares. Aquellas amalgamas rupturistas de la Junta y la Plataforma democráticas de la transición solo hubieran producido un nuevo caos como el del Frente Popular.

Creo que la reflexión sobre el pasado próximo permite ver sin dificultad cómo la democracia no vino ni pudo venir de tales antifranquistas. Vino, con toda evidencia, del franquismo. De aquellos, en cambio, han venido casi todos los peligros mayores para la democracia: corrupción masiva, "entierro de Montesquieu", terrorismo y colaboración con el terrorismo, demagogia económica, etc. Mientras la experiencia histórica no se clarifique, el país seguirá siendo presa fácil de estafadores políticos, uno de cuyos signos de identidad es precisamente su antifranquismo, generalmente retrospectivo.



Pío Moa

http://historia.libertaddigital.com

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