quarta-feira, 9 de junho de 2010

Hermano Hitler

«Un hermano... Un hermano un poco desagradable y bochornoso. Lo saca a uno de quicio. Sin duda, un pariente embarazoso...» Pero un hermano. Idéntico, en el fondo, al fondo de cada una de nuestras mentes alemanas, ese payaso sangriento que se llama Adolf Hitler. Thomas Mann, en 1939, tiene el coraje extremo de decirlo. Muy pocos lo hicieron. Hitler no era una excepción ni una rareza del alma alemana. Era su destilación casi perfecta. De ahí -y sólo de ahí- su potestad ilimitada para lo más abominable, aquello que nadie hubiera, en frío, osado planear un par decenios atrás. Dos años antes de que la «solución final» sea desencadenada por el Führer, el autor de La montaña mágica y El Doctor Fausto sabe que lo peor es ya inevitable. Sabe que, en la potestad del «Hermano Hitler», los monstruos del inconsciente centroeuropeo van a transitar la frontera tan tenue que separa las pesadillas de la historia. Aquel horrible anhelo de matar, que late siempre bajo el falso sosiego de la cultura humana, el mismo al cual el gran Sigmund Freud viera alzar la cabeza en la Gran Guerra de 1914 como prueba de que «nada desea más un humano que dar muerte», está a punto, cuando Mann publica Hermano Hitler, de alcanzar su monumento: el proyecto de negar condición humana a un pueblo entero, y luego exterminarlo. Quedó a mitad, por culpa de aquellos bobos americanos que hicieron al Führer alemán perder su guerra sagrada. Pero fue meritorio: seis millones de judíos volaron con el humo de los campos. Y los campos siguieron funcionando hasta el día mismo en que las tropas aliadas los tomaron, uno a uno. Era el proyecto teológico. El más trascendental en la misión purificadora del Hermano Hitler.

Los nazis ignorantes de sí mismos -pero ser nazi e ignorante de sí mismo es necesariamente un pleonasmo; al nazi lo guía la fe en su destino, no el conocimiento- que trataron de linchar anteayer a dos científicos judíos en la Universidad Autónoma de Madrid nada tienen de monstruoso. Ni es monstruoso el rector que todavía no ha dimitido: no era monstruoso otro rector, Martin Heidegger, que era muchísimo más inteligente y, por tanto, más culpable. Linchadores y rector de la Autónoma son hermanos nuestros. Aplican sólo, hasta el fin, una norma respetable y de rentabilidad libidinal muy alta para todo aquel que quiera librarse de la angustia de pensar por sí mismo: el odio primordial a esos satánicos judíos que tienen la universal culpa de todos los males que se ceban en nosotros; y no tienen más que leer la prensa española estos días para sentirse tibiamente reconfortados en su madriguera. Aplican sólo, hasta el fin, la norma respetable lanzada al viento mediático por el presidente Rodríguez Zapatero, investido con la simbólica kufiya de los terroristas cuya única razón de ser es el providencial mandato de arrojar al mar a los ciudadanos israelíes en Palestina. Aplican sólo, hasta el fin, la norma respetable que entonara Moratinos mucho antes de ser asombroso ministro de internacional desprestigio, allá en los años en los cuales no era más -o bien, era nada menos- que el guardaespaldas mayor del mayor terrorista del siglo XX -también, el más corrupto-: Yassir Arafat.

Nuestros «hermanos Hitler» actuaron anteayer. Nadie crea que el Holocausto nació de la noche a la mañana. Fueron décadas de antisemitismo latente, de odio verbal y físico, de progresiva construcción de lo judío como enfermedad anímica... Luego, llegado el día de dar el paso trascendente, todo fue sencillo: no eran ya hombres lo que se exterminaba, ni siquiera bestias; eran virus, bacterias. Volaron con el humo de Auschwitz.

Gabriel Albiac

www.abc.es

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