sábado, 19 de junho de 2010

La depresión: enfermedad de la tristeza

La depresión es la enfermedad de nuestro tiempo. Las tres plagas psicológicas modernas son: el estrés, la depresión y la recién llegada epidemia de rupturas conyugales. La secuencia es difícil de trazarla, pero unas y otras forman el mapa patológico del momento. Una sociedad técnicamente muy avanzada y repleta de grandes logros y humanamente muy perdida, traída y llevada y tiranizada por un trasiego de cambios súper rápidos en donde mucha gente no hace pie y se hunde.

¿Qué es la depresión, en qué consiste, cuáles son sus principales causas, son todas las depresiones iguales o hay matices y diferencias entre una y otras, cuál es su pronóstico, qué nuevos avances se han dado en los últimos años? Las depresiones son un conjunto de enfermedades presididas por un descenso del estado de ánimo, que da lugar a una vivencia de hundimiento psicológico terrible, que es cuantitativa y cualitativamente mucho mayor que cualquier decaimiento producido por los avatares de la vida. La tristeza es el centro de la depresión. Por tanto, el síntoma fundamental es una sinfonía melancólica que se vive como pena, apatía, abatimiento, falta de ganas, aflicción, amargura, desconsuelo, aburrimiento profundo, perdida del sentido de la vida, vacío interior, hundimiento enorme, desesperación…y en ese paisaje interior asoma la muerte como una salida que alivia ese sentimiento interior repleto de indiferencia indolente y de pesadumbres sin nombre. La depresión es el sida de la emociones. Es un eco en el que solo ves los segmentos negativos de tu vida, todo se vuelve contra ti y van apareciendo a sotto voce los sentimientos de culpa. Hay básicamente dos tipos: la depresión endógena, que es debida a un desorden bioquímico cerebral de fondo hereditario y que viene de dentro, es decir, no está motivada por nada exterior, por eso aparece como algo extraño, sorprendente, inesperado, con escasa justificación. En el otro extremo del arco depresivo se encuentra la depresión exógena, que viene de fuera, que es debida a acontecimiento negativos de la vida. La mujer es especialmente sensible a las frustraciones afectivas y familiares, mientras que el hombre es especialmente sensible a las profesionales y económicas. De aquí parte dos caminos. A su vez hay que constatar, pueden ser originadas por macrotraumas: impactos psicológicos de gran envergadura. Y los microtraumas, vivencias negativas de menor importancia, pero que sumados forman una constelación de factores negativos que aterrizan en la geografía de la depresión. A estas segundas las denominamos también reacciones depresivas. Entre las endógenas y las exógenas hay un espectro que se mueve entre ellas y así podemos hablar de depresiones predominantemente endógenas o exógenas. La tristeza normal produce la lucidez del perdedor y la nitidez de la distancia; y mirando hacia el futuro. La tristeza depresiva es el ánimo embotado, a la baja y mirando hacia el pasado. Las diferencias son grandes: la primera reinventa la vida, la segunda sabe a derrota sin remontada. Dentro de las endógenas hay que mencionar las llamadas depresiones bipolaresque tienen hoy una enorme actualidad, ya que las conocemos mejor. Son aquellas que alternan fases depresivas y eufóricas, de tal modo que el estado de ánimo va de un profundo decaimiento a una alegría y vitalidad desbordante.

En la fase eufórica esa persona se siente mejor que nunca y no tiene conciencia de enfermedad, Los síntomas son: estado de ánimo elevado, expansivo, con una especie de alegría y vitalidad desbordante, sentimientos de prepotencia, verborrea, tendencia a las compras compulsivas, querer hacer demasiadas cosas, fuga de ideas, desinhibición verbal …todo ellos provoca un evidente deterioro social, familiar y profesional, que hace necesaria la baja laboral y la aplicación inmediata del tratamiento. En la fase depresiva de esa bipolaridad hay que constatar que hay conciencia de enfermedad, ya que ese sujeto se da cuenta que no está bien y asoma un cortejo de síntomas claros: la tristeza mencionada, llanto frecuente, disminución del interés por tareas que antes producían placer (anhedonia), falta de ganas para todo, falta de ilusión, bloqueo de la conducta, pensamientos negativos sobre uno mismo que miran hacia atrás (al pasado) y hacia delante (al futuro), sentimientos de inutilidad, graves alteraciones del sueño (insomnio agudo, sueño intermitente, despertar precoz, sueño no reparador, pesadillas con vivencias de muerte y ansiosas), cansancio anterior al esfuerzo, dificultades de concentración, pensamientos recurrentes de muerte, que pueden llegar a ideas y/o tendencias suicidas.

En Occidente la mujer es tres veces más depresiva que el hombre. y muy principalmente, porque la vida genital femenina ofrece ocasiones de caer en depresión: desde el síndrome de tensión premenstrual (unos días antes del periodo; aquí solo podemos hablar de una minidepresión), las que se pueden dar durante el embarazo (son poco frecuentes), la depresión posparto (se da en el 31% en la Unión Europea), la depresión postaborto (no es lo mismo que sea espontáneo o provocado) y finalmente la que puede aparecer en el curso de la menopausia.

Siguiendo con las preguntas que me hacía al comienzo de este artículo, el tratamiento es distinto en cada caso. En las endógenas lo importante es la medicación; en las exógenas, la psicoterapia. En las primeras se trata de restablecer el equilibrio bioquímico y en ese sentido las investigaciones de los últimos años han sido enormes. El arsenal de fármacos con el que contamos es muy amplio y su eficacia es extraordinaria. Hay que diseñar un tratamiento con tres ingredientes principales: elevadores del ánimo (antidepresivos), sedantes si hay ansiedad (ansiolíticos) y medicamentos para conseguir un sueño correcto (hipnóticos o inductores del sueño). En las exógenas o reacciones depresivas hay que estudiar los motivos que lo han desencadenado y trazar unas pautas de conducta para ir consiguiendo normalizar en lo posible la vida de esa persona. A menudo hay que emplear psicorrelajantes, puesto que todas esas vivencias destilan angustia, inquietud, desasosiego. Hay que decir que más del 90% de las depresiones endógenas se curan hoy. Los avances habidos en este campo son rotundos. En las bipolares, hoy tenemos a nuestro alcance fármacos que evitan la recaídas y que tienen una eficacia alta y los denominamos estabilizadores del ánimo y que podrían denominarse con cierta licencia del lenguaje, «vacunas frenadotas de posibles recaídas». Estas suelen ser metales, que frenan la bioquímica que desencadena estos episodios. Por último, hay varios avances de los que quiero dejar constancia. El primero, son los nuevos antidepresivos que adelgazan. Hace unas décadas, casi todos los medicamentos para la depresión engordaban… eso en la era del culto al cuerpo. Y además dos nuevas estrategias: el estimulador magnético transcraneal, que consiste en una bobina magnética que se aplica en el polo frontal y consigue entre 10 y 15 sesiones la remisión del 71,2% de las depresiones que no remiten con fármacos. Y finalmente, la estimulación eléctrica del nervio vago, como otra opción terapéutica novedosa. Los ropajes de la depresión son diversos, pero en todos aletea la melancolía con todos sus acordes. La depresión es un túnel oscuro, en el que parece que nunca se va a encontrar la salida. Hoy podemos decir que una gran mayoría de ellas se curan.

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