quarta-feira, 16 de junho de 2010

La peste que borró Sevilla del mapa

Durante siglo y medio, entre el descubrimiento de América y la crisis terminal del Imperio de los Habsburgo, Sevilla fue lo más parecido al ombligo del mundo.

Dispuesta estratégicamente en el tramo navegable del Guadalquivir, lo suficientemente alejada de la costa como para librarse de bombardeos o inoportunos desembarcos enemigos, la ciudad del Betis se convirtió en el primer mercado de un Imperio en el que no se ponía el sol.

A Sevilla, y sólo a Sevilla, llegaban las flotas de Indias, rebosantes de oro, plata, piedras preciosas y productos de todas las variedades imaginables. Desde allí partían de vuelta esos mismos barcos cargados de moneda, paños, vino y demás mercaderías por las que los españoles de ultramar pagaban cantidades mareantes en los remotos puertos americanos. La suerte de la ciudad era la del comercio atlántico, siempre creciente y con altos márgenes de beneficio para los mercaderes que se apuntaban a la carrera de Indias.

Para la Corona, a quien debía el privilegio de ser el único puerto del mundo que podía comerciar con América, Sevilla era una especie de caja registradora. Era el lugar donde más impuestos se cobraban –y en moneda buena, inmaculada, recién traída del Perú–, y donde mejor se financiaba el Rey a costa de los comerciantes, que, de grado o por la fuerza, le prestaban lo que les pedía.

A mediados del siglo XVII, debido a los gastos extraordinarios derivados de la Guerra de los Treinta Años y las insurrecciones portuguesa y catalana, el Conde-Duque de Olivares apretó tanto el dogal, que los propios sevillanos, más realistas que el propio Rey, se quejaron. En una memorial de agravios, el procurador Juan Ramírez informó a Palacio de lo desangelada que andaba Sevilla a causa de los impuestos: habían dejado la ciudad
muy menoscabada y atenuada en los tratos y comercio, y muchas casas cerradas y sin vecindad, y otras caídas, sus lugares de la misma forma, con algunos del todo asolados.
Efectivamente, así estaban las cosas. Hacia 1640, la edad de oro de Sevilla ya había pasado. Pero aún seguía siendo la ciudad andaluza una de las plazas comerciales más activas del mundo, y, después de Nápoles, la segunda más poblada de la Monarquía hispánica, con sus 150.000 habitantes. Lo que nadie, ni el Conde-Duque, ni el Rey Católico ni el procurador Ramírez, imaginaba en aquellos días era que la Muy Noble, Muy Leal e Invicta ciudad ribereña del Guadalquivir estaba a punto de desaparecer del mapa por culpa de una maligna peste que acababa de colarse en la Península desde algún puerto africano.

En 1647 se declaró en Valencia un brote de peste. El bacilo de Yersin hizo de las suyas durante el verano y luego, aparentemente, desapareció. Aparentemente: al año siguiente, con el calor, volvieron los contagios; pero ya en toda la costa mediterránea, desde Barcelona hasta Cádiz.

Todos sabían que la peste estaba ahí, y que volvería a hacer acto de presencia con la primavera, que en 1649 llegó acompañada de copiosas lluvias e inundaciones que afectaron a todo el valle del Guadalquivir y a la propia Sevilla, donde, según cuentan, los barcos entraban navegando hasta la misma Alameda de Hércules.

La inundación de las fértiles vegas del Betis pavimentó el camino de la tragedia. Con parte de la cosecha y el ganado echados a perder, ese año todo se puso por las nubes en los mercados, lo que facilitó que la enfermedad se cebase con los malnutridos sevillanos.

La peste se declaró formalmente en abril. Las autoridades ordenaron cerrar la ciudad a cal y canto. Pero ya era tarde. Así que, expuestos a lo inevitable, rogaron al Señor que fuese clemente con ellos mediante
extraordinarias letanías y procesiones por las calles con penitencias públicas.
La multitudinaria apelación a la Providencia sirvió exactamente para lo contrario: el número de contagios aumentó por el hacinamiento y el trajín callejero.

Para mediados de mayo, Sevilla era ya un lugar maldito de cuya desgracia se hacían lenguas en todo el Reino.

El día 21 de ese mes se prohibió la entrada en Madrid de sevillanos y de mercaderías procedentes de Sevilla. Bastante tenía el Rey con perder su mercado como para que la pestilencia le aviase también la Corte. Para el Corpus, el obispo hispalense echó toda la carne en el asador: si el Altísimo no ayudaba a su hija predilecta en tan señalado día, al puerto de Indias le había llegado la hora de pagar por su soberbia. La procesión del Corpus hubo de hacerse en la Plaza de San Francisco porque la del Salvador estaba llena de cadáveres. El paso era pequeño por falta de costaleros: unos 160 habían muerto en el transcurso de los días anteriores. Un auténtico drama, presagio de lo peor.

Se formó un Consejo plenipotenciario, conformado por el presidente del Santo Oficio, el de la Casa de Contratación, un miembro del Consejo de Castilla y un representante de la nobleza. Acordaron habilitar un hospital de emergencia, que se dio en llamar "el de la Sangre", para aislar a los enfermos. Pronto se llenó hasta los topes, y no ya de enfermos, sino de muertos que nadie quería desalojar. Para ese menester se presentaron en la ciudad enterradores de alquiler, "gente perdularia que había venido a la golosina del aprovechamiento" y que, por tan arriesgado oficio, se llevó "muchos ducados". El Consejo prohibió enterrar en las iglesias y, dado que las pilas de cadáveres "infiçionaban el ayre", ordenó que se excavasen fosas comunes en todo el perímetro urbano.

El panorama era desolador, propio del Infierno de Dante.

A mediados de junio, Sevilla era un inmenso matadero del que salían carretones llenos de cadáveres desde el alba hasta el ocaso camino de las fosas, cubiertas profusamente con cal para evitar nuevos contagios. En poco más de tres meses, la otrora risueña ciudad había perdido la mitad de su población, lo que arroja la lúgubre cifra de unos 800 muertos al día.

Con la llegada del otoño, "todo era espanto, un asombro, un suspirar de continuo, sin danzas, sin cofradías, sin religiones, sin clero ni reliquias, con la poca música que había quedado, sin seises...". No había en la ciudad una sola familia que no tuviese un difunto al que llorar: la peste, metáfora de la misma muerte, igualó a todos sin distinción de riquezas, estamento, sexo o edad.

La catástrofe tardó décadas en ser olvidada, si es que alguna vez lo fue. No es casualidad que un sevillano, Juan Valdés Leal, fuese el autor de la obra más tenebrosa de la pintura universal: In ictu oculi (en un abrir y cerrar de ojos), sobrecogedor óleo realizado para el Hospital de la Santa Caridad en el que la muerte se yergue triunfante, ataúd bajo el brazo, guadaña en mano, mirándonos a los ojos, recordándonos que la vida es la frágil llama de una vela que se apaga en una décima de segundo, en un abrir y cerrar de ojos.

La extraordinaria Sevilla imperial, "asombro del orbe", jamás volvió a ser la misma. Se replegó malherida, perdió su monopolio sobre las mercaderías procedentes de Indias, su flota, sus escuelas artísticas, sus acaudalados mercaderes y hasta sus pícaros. Tardó dos siglos y medio en recuperar la población perdida: hasta el año 1900 no volvió a contar con 150.000 almas; pero para entonces ya no era centro del mundo, sino "un huerto claro donde madura el limonero".

De todas formas, la que tuvo retuvo, y Sevilla, con o sin peste, sólo hay una.


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