sábado, 19 de junho de 2010

Dadaísmo y relojes de cuco

Mohíno por la derrota de La Rojilla (según acuñación feliz de Ruiz-Quintano), el futbolero español puede consolarse con aquella célebre frase de Harry Lime, el cínico criminal encarnado por Orson Welles en El tercer hombre:

—La Italia de los Borgias, durante treinta años, padeció guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre... pero produjo a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. Suiza, por el contrario, disfrutó durante quinientos años de amor fraternal, paz y democracia. ¿Y qué produjo? ¡El reloj de cuco!

Donde la Italia de los Borgias puede sustituirse por la España de los Austrias, que produjo a Cervantes, Velázquez y San Ignacio de Loyola. Pero que el reloj de cuco sea la aportación suiza más notoria no alivia otra certeza más notoria aún: y es la de que Cervantes, Velázquez y San Ignacio son aportaciones de una España que dejó de existir para siempre. Con este asunto cualquier escritor de la España de los Austrias habría compuesto un soneto alegórico sobre la decadencia de la patria; pero en la España de hogaño ya sólo quedan escritores palaciegos que cultivan la prosa tiqui-taca, o sea la prosa de marear la perdiz y no rematar nunca (como hicieron los futbolistas de La Rojilla ante Suiza), que es lo que corresponde al reinado de «amor fraternal, paz y democracia» instaurado por ZP. Y es que, en honor a la verdad, España se parece cada vez más a una Suiza con los relojes de cuco averiados en la que ZP encarna el espíritu del dadaísmo, aquella vanguardia artística para zascandiles que fue otra de las grandes aportaciones suizas a la cultura occidental. Tristan Tzara, el fundador del dadaísmo, descubrió un día en Zurich que existía «una gran labor destructiva por realizar»; y, para realizarla, exaltó «la improvisación y el estupro de los valores tradicionales», que es exactamente lo que ha hecho nuestro apóstol del amor fraternal, la paz y la democracia, mientras nos vendía relojes de cuco averiados.

En un libro delicioso de Dominique Noguez se nos cuenta que Tristan Tzara, envalentonado por el alcohol y disfrazado de bayadera, trepó cierta noche fúnebre y terminal a los veladores del café Voltaire y ejecutó una danza pretendidamente lasciva ante el disgusto de la parroquia, que le recriminaba: «¡Basta! ¡Fuera! ¡Que se largue ese maricón borracho!». Pero entonces, entre el clamor desaprobatorio, surgió un refugiado ruso de barba hirsuta y bigotón desflecado que marcaba el ritmo de la danza batiendo las manos y berreaba: «¡Da! ¡Da! ¡Da!», que en ruso significa «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». Aquel refugiado ruso, nos revela Noguez, era Lenin; y el martilleo del da, da, da, sirvió para bautizar el movimiento fundado por Tzara. ZP ha sido durante estos años la bayadera ebria de destrucción que ha exaltado «la improvisación y el estupro de los valores tradicionales»; y entre la parroquia no le han faltado nunca zascandiles que lo jaleasen, desde los líderes del sindicalismo opíparo a los escritores palaciegos de
la prosa tiqui-taca, mientras recibían en pago relojes de cuco. Ahora hasta los zascandiles reniegan de la bayadera, tras comprobar que los relojes de cuco estaban averiados; pero la bayadera le ha cogido gusto a la danza y no piensa abandonar hasta completar su «gran labor destructiva». Y hasta La Rojilla participa de este clima suizo, fúnebre y terminal.

Juan Manuel de Prada

www.juanmanueldeprada.com

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