domingo, 6 de julho de 2008

Románticos y racionalistas

Las luchas entre el Imperio y el Papado, y luego las del clericalismo-anticlericalismo hace ya mucho tiempo que son historia en Europa entera, pero parece que no entre nosotros. Hubo un momento, en que don Julio Caro Baroja se mostró interesado en coordinar unos estudios sobre el anticlericalismo español, y, luego, publicó él mismo un libro dedicado a este tema en el periodo barroco; esto es, un anticlericalismo de cristiandad. Pero el proyecto no siguió adelante, por razones empíricas en primer lugar; pero no sé si no le ocurrió a él también lo que a tío, don Pío Baroja, con su propia intención de novelar la historia española contemporánea, y se encontró con demasiada carne viva, y llaga abierta todavía, y tampoco quería hacerlo con la «sans façon» con la que don Benito Pérez Galdós lo había hecho en el relato dedicado a la matanza de frailes de 1834, cuyo título «Un faccioso más, y algunos frailes menos», ya daba la impresión de referirse a un banal incidente.

Pero como estampas cos-tumbristas de dos julios han pasado tanto ésta matanza de frailes del tiempo del cólera de julio 1834, en Madrid, como luego la de la Semana Trágica de Barcelona de finales de julio de 1909. No parece que hayan provocado demasiadas reflexiones de políticos, historiadores y gentes de pluma, ni tampoco se exigieron grandes responsabilidades; y el pago de gastos de aquellos festivales corrió, más bien, a cargo de pobres gentes manipuladas y entrenadas en el odio.

El caso, como es sabido, fue que en Madrid, el día 15 de julio de aquel año, con un calor ardiente y las noticias de muertes producidas por el cólera, unas cuantas gentes, acaudilladas por «expertos», corrieron el rumor de que los frailes habían envenenado las fuentes públicas; y luego, en plena Puerta del Sol, junto a la fuente de la Mariblanca, linchó a un pobre golfillo, a quien se vio aproximarse a los cántaros de los aguadores. Se entendió que trataba también de envenenar esta agua, y ello quedó confirmado, cuando se vio correr a otro muchacho a refugiarse en la residencia de los jesuitas de la Red de San Luis; de lo que se dedujo que actuaba al amparo de éstos. Quedaban así implicados todos los frailes, y muchos fueron muertos, mientras ardían iglesias y conventos, como luminarias de fiesta al caer la noche. Siluetas románticas.

Si el asunto no fuera tan dramático, podríamos añadir con cierta ironía, que, por el contrario, la otra quema de conventos y muertes de frailes y monjas, en 1909, fue a cuenta de «los extraños avatares del racionalismo en España». Pero, desgraciadamente, se trataba de escasas filosofías y mucho adoctrinamiento de la llamada «escuela racionalista», un invento educativo de una especie de «demonios dostoievskianos», con un odio a casi todo lo viviente, pero en especial al cristianismo. Y, así, toda aquella matanza, con ocasión de una protesta contra la guerra de Marruecos, comenzó con la quema de la Escuelas de los Hermanos Maristas, y acabó hasta arrastrando los huesos de Wifrido el Velloso. En realidad, fue un ensayo revolucionario, que debía empezar por liquidar iglesias y conventos con sus moradores, para instrucción de las gentes acerca de las perversiones góticas que allí se ocultaban, y que ya venían denunciando aquel «racionalismo» del señor Ferrer Guardia, y también el de algunos ilustres escritores, la exitosa sub-literatura, decenas de periódicos, ciertos partidos políticos, y hasta egregios senadores del reino. Y, desde luego, ya no estamos exactamente ante un mero anticlericalismo, o reacción a eventuales intromisiones clericales en la gobernación de una comunidad política.

La Revolución Francesa, que inaugura la modernidad, tuvo ya la pretensión totalitaria de borrar el cristianismo de la faz de la tierra, y sólo el nacimiento de la democracia liquidó el proyecto, proseguido luego por los camaradas rojos y los pardos. Y la carnicería y destrucción fueron inmensas, pero, entre nosotros, esas humeantes y sangrientas estampas parece que siguen siendo, incomprensiblemente, sucesos románticos y altas expresiones de racionalismo.

José Jiménez Lozano
Premio Cervantes

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