segunda-feira, 14 de julho de 2008

Religión, belleza y cultura



Pocos autores supieron describir el lacerante tránsito del Antiguo Régimen a la igualdad ante la ley y el liberalismo como Chateaubriand, testigo apesadumbrado de algunos de los episodios más importantes de la Revolución Francesa y crítico implacable de Napoleón... y de todos los excesos. Cronista de las convulsiones sociales y políticas que le tocó vivir y precursor del romanticismo, Chateaubriand firma en El genio del cristianismo algunas de las páginas más brillantes de los últimos 250 años.

Transido de dolor por las tragedias que los excesos de la Revolución causaron a su familia, este miembro de la pequeña nobleza bretona escribe desde su duro exilio londinense ("El hambre me devoraba; me consumía de ansiedad [...] chupaba trozos de ropa que empapaba en agua[...]") un Ensayo histórico sobre las revoluciones y comienza a gestar lo que sería la primera de sus grandes obras, El genio del cristianismo. Muchos han querido ver en este libro una reacción de Chateaubriand contra el espíritu nihilista y destructor latente en numerosos escritos de la Ilustración. Sin embargo, nada más lejos de él que presentarse como un reaccionario, pues aborrece por igual la soberbia de los modernos y la injusticia de los antiguos (durante su viaje a los EEUU celebra alborozado estar en "estas orillas de la aurora que no han conocido jamás la servidumbre").

Más allá de la ingenuidad y las desviaciones teológicas en que incurre su autor, El genio... puede ser considerado un auténtico ajuste de cuentas vital, espiritual y social con algunos de los pronunciamientos más duros de los protagonistas de la Revolución Francesa. Así, resuena sin cesar en estas páginas una de las citas más crueles de Danton, reproducida por el propio Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba:

Estos curas y nobles no son en absoluto culpables, pero es preciso que mueran porque están fuera de época, estorban el movimiento de las cosas y son un impedimento para el porvenir.

A refutar esta ominosa condena de muerte, reiterada y ejecutada a lo largo del siglo pasado por tiranos de distinto signo, parece estar dirigido el ingenio de Chateaubriand, quien de forma brillante demuestra no sólo que las ideas del pasado no son un obstáculo para el progreso, sino que éste no se puede entender sin las aportaciones de quienes nos precedieron. No existen, pues, las tablas rasas, sino un proceso de acumulación que trasciende fronteras y credos religiosos y en cuya cúspide nuestro autor sitúa el cristianismo, motor imparable de la belleza, la razón (sí, también la razón, como reconocieron los mismos ilustrados) y, por qué no decirlo, la pasión. Una inclinación canalizada, domeñada y dulcificada por los sacramentos y las virtudes cristianas, asunto que ocupa los primeros libros de la primera parte de la obra ("Dogmas y doctrina") y la novela Atala, que se incluye aquí precisamente para ilustrar esta cuestión. Así, la confesión se presenta como el único remedio a la desesperación del culpable:

¿En qué seno descargaría el peso de su corazón? ¿Acaso en el de un amigo? Mas, ¿quién puede contar con la amistad de los hombres?¿Buscaría los desiertos como continentes?

En El genio... se dan cita algunos de los temas predilectos del romanticismo, condensados en esta deliciosa descripción de los antiguos desposorios:

Dos gaiteros precedían a la comitiva tocando romances caballerescos o cánticos de peregrinos. Los siglos salían de sus góticas tumbas para acompañar con sus antiguas costumbres y sus vetustos recuerdos a aquella alegre juventud.

Una juventud que autores posteriores retratarán de forma pavorosa, acosada por innumerables peligros y seres ominosos y concupiscentes, aunque podríamos decir que en cierta forma Chateaubriand presenta los elementos de la trama. Basta trocar los plácidos paisajes primaverales propuestos por éste por un entorno tormentoso u otoñal.

Esta primera parte concluye con una demostración de la inmortalidad del alma, probada por la moral y el sentimiento, en la que encontramos otra de las constantes de la obra, la diferenciación entre los distintos tipos de descreídos:

Hay dos clases muy diferentes de ateos: los primeros, consecuentes en sus principios, declaran sin titubear que no hay Dios (...) Los segundos son la gente honrada del ateísmo, los hipócritas de la impiedad: hombres ridículos que con fingida mansedumbre se arrojarían a todos los excesos para defender su sistema, y que os llamarían sus hermanos al degollaros; y aunque sus labios pronuncian sin cesar las palabras moral y humanidad, esos seres son triplemente perversos, porque unen a los vicios del ateo la intolerancia del sectario y el orgullo del autor.

De nuevo, el espíritu de Danton y los suyos.

La segunda parte, dedicada a la poética del cristianismo, es la más fácil de aprehender... y la más sugerente. Los lectores de Harold Bloom y sus discípulos, como la libertaria y rabiosamente antifoucaultiana Camile Paglia, encontrarán aquí el origen de muchas de las ideas de numersos autores contemporáneos, o al menos su método de trabajo. Los análisis de obras como El Infierno de Dante y el Paraíso perdido de Milton ("Fue el primer poeta que concluyó la epopeya con la desgracia del protagonista [...] Séanos permitido creer que hay algo más interesante, más grave, más análogo a la condición humana, en un poema que se desenlaza en infortunio, que en el que termina en una felicidad") son todo un alivio y una bocanada de aire fresco y de sensibilidad, si los comparamos con las pesadas, a veces ilegibles y casi siempre ininteligibles producciones de las escuelas posmoderna, poscolonial, queer, etc.

A las bellas artes y la literatura consagra Chateaubriand la tercera parte, que arranca con unas bellísimas y conmovedoras alusiones a la influencia del cristianismo en la música, y con las que me atrevo a afirmar más de un artista se sentirá plenamente identificado:

La religión cristiana es esencialmente melodiosa, por la única razón de que ama la soledad. No es esto decir que sea enemiga del mundo, pues, lejos de ser así, se muestra muy amable; pero esta celestial Filomena prefiere los asilos ignorados.

Una referencia que, viniendo de quien viene, se antoja autobiográfica. Por lo demás, constituye una respuesta perfecta para el que compone, pinta o escribe no para que lo festejen –que también–, sino a veces simplemente para que le dejen en paz. También el cristianismo se ocupa de ello.

El genio... concluye, como no podía ser de otra forma en Chateaubriand, con una parte dedicada al culto y con una cuestión que en nuestros días cobra gran actualidad política debido a los planes del actual Gobierno de España: los servicios que el clero y la religión cristiana en general prestan a la sociedad. Al conocido argumento de la salvación de la sociedad y del mundo romano , Chateaubriand incluye el efecto apaciguador de la religión cristiana, que actúa como contrapeso del fanatismo. En un curioso giro que en cierta forma se asemeja a los argumentos que autores como John Stuart Mill expondrían a favor de la religión (otra cosa es que uno crea o no), el autor sostiene:

Aun cuando se negaran al cristianismo sus pruebas sobrenaturales, permanecería en todo el esplendor de la sublimidad de su moral, en la inmensidad de sus beneficios, en la hermosura de sus pompas, y podría con tan brillantes datos demostrarse evidentemente que es el culto más divino y puro que han profesado los hombres.

Cuesta mucho no estar de acuerdo.

Por último, cabe felicitar a Ciudadela Libros por la esmerada y cuidada edición de esta magna obra. La traducción, magnífica, es de Manuel M. Flamant, y está fechada en la segunda parte del siglo XIX. El texto viene acompañado de unas preciosas ilustraciones que recuerdan a las de Gustavo Doré y que pertenecen a una edición anterior realizada por Saturnino Calleja, a quien los más viejos del lugar recordarán por sus cuentos infantiles. Me atrevo a decir que el mismo Chateaubriand, siempre puntilloso y crónicamente insatisfecho con sus editores, se habría mostrado complacido con la forma en que Ciudadela ha sabido rescatar lo mejor de su genio, en todas y cada una de las acepciones del término, tras más de tres décadas de silencio.

Confío en que esta vez un hecho de este importancia no pase inadvertido al público lector en español. Los clásicos nunca están de más.


VIZCONDE DE CHATEAUBRIAND: EL GENIO DEL CRISTIANISMO. BELLEZAS DE LA RELIGIÓN CRISTIANA. Ciudadela (Madrid), 2008, 623 páginas.

Um comentário:

Anônimo disse...

Katon, Goukakyu no jutsu.

 
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