domingo, 8 de março de 2009

El aborto según Aído

Posiblemente, Bibiana Aído lleve sobre sus hombros una buena cabeza: ordenada para pensar, dispuesta para conocer, apta para sentir, capaz para rectificar y lo suficientemente nutrida para desempeñar la tarea que le ha encomendado José Luis Rodríguez Zapatero. Alguna razón de peso, además de las cuotas regionales y la paridad, habrá motivado su instalación en el Consejo de Ministros. Lo que quizá le ocurra a la ministra es que, en función de la calamidad de nuestro sistema educativo, sea víctima de algunas lagunas y confusiones. Cuando habla sorprende, sobre su inanidad, la confusión que tiene la pobre entre silogismos y sofismas.

La ministra de Igualdad trata de rellenar la vaciedad de su cartera con una gran aplicación a la causa de la liberalización del aborto. «Si las mujeres entre 16 y 18 años pueden decidir si se casan o tienen hijos -asegura Aído-, pueden hacerlo también sobre la interrupción voluntaria del embarazo». Llevamos oídas muchas sandeces para defender una innecesaria reforma de la Ley del Aborto que, en lo que se me alcanza, no constituye una demanda social ni se ajusta a la moral colectiva de los españoles; pero esa comparación deductiva las supera todas. Según tan liviano método de raciocinio, la jovencita que puede decidir casarse, tener hijos o abortar, también podría, en ausencia de límites éticos, matar a su padre.

Tratar de legislar sobre lo que afecta a la intimidad y la conciencia de las personas es temerario y, hágase en sentido restrictivo o liberalizador, atentará contra las convicciones de muchos; pero le ocurre a la izquierda que, vacía de contenidos, tiene que buscar territorios reservados al individuo para justificar el impulso «progresista», sin el que se queda en nada. Más razonable sería que Aído propusiera el establecimiento de la mayoría de edad en los 16 años y así, sin repugnar a otras normas en vigor, no resultara necesaria la autorización paterna en los casos de aborto.

Esta ministra, a la que parece faltarle un hervor, debe de haber entendido mal el soliloquio de Segismundo en La vida es sueño -«Pues el delito mayor/ del hombre es haber nacido»- y, arrebatada por el afán de redimirnos a todos y de contribuir a la construcción de un mundo mejor, se empecina en que sean menos quienes nazcan y/o delincan. Si Aído sigue entrenando, puede superar con facilidad y mérito a otras miembras de su paritario equipo.

M. Martín Ferrand
www.abc.es

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