sexta-feira, 20 de março de 2009

Los obispos y el final de la especie

En una carta abierta dirigida al Presidente de los Estados Unidos, con motivo del Año Internacional de la Familia (1994), la Madre Teresa de Calcuta decía que "el mayor enemigo de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, la muerte directa del niño inocente, asesinado por su misma madre". No es difícil imaginar la reacción de más de un ilustrado social: ¡qué barbaridad!

Mientras celebramos a Darwin y su origen de las especies –o su origen del hombre–, los obispos españoles nos lanzan la advertencia del final de la especie, de la humana, por supuesto. No es que los obispos españoles se hayan echado al monte, ni que se hayan hecho de Greenpeace, o de Ecologistas en acción a través de la cartelería. Lo que pasa es que los argumentos, o se llevan hasta el extremo, o aquí no se entera nadie de lo que está pasando y de lo que puede pasar y va a pasar: una conjura contra la vida que, al fin y al cabo, no es más que una manipulación supuestamente científica, política, jurídica. Con motivo de un día santo, el de la Jornada por la Vida, al obispo responsable de la Sub-Comisión Episcopal de Familia y Vida, monseñor Juan Antonio Reig –un hombre con ideas claras–, se le ha ocurrido la genial idea de preguntarnos cuánto tiempo más los hombres viviremos en el cautiverio de nuestra voluntad. Preguntarse, y preguntarnos, cuándo el hombre se convertirá en una especie en extinción significa que la convicción de que el ser humano posee un valor intrínseco, una dignidad no instrumental, que es la base del humanismo, de todo verdadero humanismo, tiene fecha de caducidad. El respeto incondicionado a la persona, a todas las personas y a cada una de las personas, está en la raíz de todos los valores. Si ese respeto, por la obcecación de una ideología del deseo –la vida del concebido depende del deseo de la madre– se trunca, nos encontramos en el principio del fin, en el origen del final de la especie que da sentido a todas las especies, la humana.

En un primer momento de reivindicación del ecologismo necesario, los artífices de esta nueva cultura de la preservación de las especies se enfrentaron con la apelación social de la degradación de la naturaleza. Hoy, la razón se enfrenta con la aceptación social del aborto, potenciada por las leyes cada vez más permisivas, facilitadotas del asesinato legal, degradación de lo humano. La aceptación social del aborto, contra la que clamó Julián Marías en un memorable ensayo, supone asumir que la decisión o el deseo de un ser humano tiene más valor que la vida de otro. Nada tendría valor por sí mismo, si el valor de todo lo decidimos nosotros según nuestra circunstancia; si la realidad, incluida la de ese conjunto peculiar de mucho más que células, es lo que decidimos y hacemos que sea. 

Días atrás, para contrarrestar lo que pueda decir la Iglesia sobre el inicio de la vida, la medicina y la biomedicina, se nos preparó el espectáculo emotivista de un niño medicamento que salva a su hermano, toda una historia de buenas intenciones y de buenas palabras e imágenes. Con esa campaña de deslegitimación por sistema de las relaciones entre Iglesia y ciencia, entre Iglesia y sentido social, y corazón rosa de sentimientos falsamente humanitarios e Iglesia, no tenemos más que recordar lo que decía John Henry Newman: en un futuro quien salvará al hombre será la Iglesia. Salvará al hombre antes de salvarse ella misma, por eso de que salvando al hombre se salva a sí misma.

Por más que la ministra de la radical desigualdad del aborto, Bibiana Aído, nos haga un amago social retirando la idea de que las mujeres niñas puedan abortar a los dieciséis años sin permiso de los padres o progenitores, no debemos olvidar lo que dicen los obispos:

En nuestra sociedad se va asumiendo una grave deformación de la verdad en lo que respecta al aborto, que es presentado como una elección justa de la mujer destinada a solucionar un grave problema que le afecta de manera dramática. Se llega incluso a incluir el aborto dentro de los llamados "derechos a la salud reproductiva". Sin embargo, la auténtica justicia pasa por la custodia del niño que va a nacer y el apoyo integral a la mujer para que pueda superar las dificultades y dar a luz a su hijo.

José Francisco Serrano Oceja

http://iglesia.libertaddigital.com

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