quarta-feira, 24 de março de 2010

El ministerio de propaganda de Augusto

Karl Marx.
Decía Marx que la historia tiende a repetirse como parodia. Creo que se equivocaba: se repite, en efecto, pero como tragedia: en cada nueva vuelta de la espiral –no se trata de un círculo–, hechos similares se reiteran cada vez en peores condiciones.

Fidel Castro tuvo propagandistas, por ejemplo, como Mario Benedetti; Augusto había tenido a Virgilio y a todos los poetas y pensadores cuya vida giraba en torno a Mecenas, que no era exactamente un tipo desinteresado, sino más bien un generoso amigo del César. Dice Pierre Grimal en su clásico El siglo de Augusto: "Una de las primeras diligencias de Mecenas, el compañero de Octavio que llevó a ambos a la cumbre del poder y de la gloria, fue atraer a su entorno a los poetas". ¿Le suena al lector de algo?

Goebbels y Stalin tenían bien aprendida la lección. Roosevelt y Kennedy dieron un paso más, incorporando a su inner circle las figuras del espectáculo. Tal vez alguien sienta la tentación de darle en este punto la razón a Marx, pensando que Sinatra y el rat pack no pueden ser sino una parodia del grupo augusto, pero yo creo precisamente que en esa mala imitación consiste la tragedia: el grotesco puede arrancar risas, pero no es en sí mismo cómico, sino todo lo contrario. La mayor parte de la literatura rusa, que nació y creció en un clima represivo, de gran control del Estado, ya bajo los zares, ya bajo el comunismo, tiende aparentemente a lo cómico, mas únicamente porque ésa era la manera de contar algo que, de otro modo, hubiese sido prohibido. No hay mayor tragedia que El maestro y Margarita, con todo su aire de fantasía burlesca y su perpetua ironía.

Pero volvamos a Augusto. Y a Mecenas, que siempre estuvo ahí, desde el principio, negociándolo todo en nombre de su amigo y señor. No fue Octavio quien acudió a Brindisi a tratar la paz con Marco Antonio, ni se presentó éste allí en persona, sino que lo hicieron Mecenas y Polión, en representación respectiva de cada uno de ellos. Fue en esa ocasión cuando Virgilio escribió su Égloga IV, dedicada precisamente a Polión. Esta égloga, que ha hecho correr ríos de tinta, que tiene por eje a un niño que será testigo del retorno a la Edad de Oro perdida por los malos actos de los hombres, "muestra el universo que rehace, en sentido inverso el camino que lo condujo desde la dicha primitiva hasta las desdichas de hoy" (Grimal), borrando los crímenes de la Edad de Hierro, en sólo treinta años, al cabo de los cuales regresará el siglo bendito.

No voy a entrar aquí en el debate que Jerôme Carcopino resumió en 1943, cuando era un importante funcionario del régimen de Pétain, en Virgile et le mystère de la IV Églogue. Baste decir que el asunto del retorno a la Edad de Oro estaba en el ambiente de la época hasta el punto de que ya en el año 43 a. C. se había acuñado moneda anunciándolo. Da la casualidad de que ese retorno se concretará con Augusto.

Mecenas.
La labor de Mecenas al reunir a los poetas en torno del emperador no respondía a una idea nueva. Alejandro Magno sabía perfectamente que, de no ser por Homero, no habría memoria de Aquiles. Y también lo sabían los generales romanos. Quinto Fulvio Nobilior había tomado Cerdeña, hazaña convertida en memorable por el poema Ambracia, de Quinto Ennio, que estaba al frente de una de sus centurias, lo que determinó que Catón lo retirara del ejército para que se dedicara plenamente a la poesía, haciendo mecenazgo avant la lettre. Gayo Memio, que era amigo de Lucrecio, se llevó a Bitinia, en su ejército, a Catulo.

Grimal atribuye a una "feliz casualidad" el que la edad clásica de la literatura latina coincidiera con el reinado de Augusto, y es posible que tenga razón, puesto que, por ejemplo, las primeras obras de Virgilio pertenecen a los últimos años de César y el autor de la Eneida murió treinta años antes que Augusto, en el año 19 a. C. (y Propercio, en el 8 a. C.). Horacio y Mecenas murieron ambos en el año 8, y el reinado de Augusto se prolongó hasta el 14. En todo caso, Mecenas supo organizar un aparato de propaganda sin el cual esa época de la literatura universal –nos pertenece a todos– hubiese sido contada de otra manera. No obstante, la amistad de Virgilio con Augusto es previa a toda esta historia, y, en cierta medida, la eficacia de Mecenas halló un buen soporte en esa relación, y en la de Virgilio con los demás poetas.

Si las Églogas habían sido escritas, como hemos dicho, a partir de una serie de ideas que pertenecían al Zeitgeist del momento, también es verdad que su elogio de la vida pastoril respondía plenamente a la necesidad imperial de un regreso al trabajo en los campos, en una época en que Roma tenía serios problemas de abastecimiento. Como es verdad que las Geórgicas, que apuntan en la misma dirección, la del restablecimiento de la vida rural en Roma, fueron compuestas a instancias de Mecenas.

La acción de Mecenas se ejecutó "de manera sutil y diversa", no fue una "dictadura de las letras" ni mucho menos un "ministerio de propaganda", sostiene Grimal. Pero, cabe responder, el resultado fue en cierto sentido el mismo, aunque con mayor calidad. No suelen llegar a los ministerios de propaganda sujetos tan finos como Mecenas, que no necesitaba ejercer autoridad. Simplemente sugería. Y, a cambio, los poetas vivían sin que hubiese estipulada subvención alguna.

En el caso de la Eneida, es probable que ya no hubiera mediado Mecenas entre Augusto y Virgilio, y que el propio emperador se la hubiese pedido. En el curso de los diez años en que el poeta trabajó en ella, dejándola inconclusa al morir en Brindisi, las cartas de Augusto, interesándose por el desarrollo del trabajo y urgiendo al autor, fueron frecuentes, incluso desde los lugares más alejados. Sabía bien Octavio que de ese libro dependía la legitimación de la estirpe Julia, ligándola con la promesa hecha a Eneas por los dioses en la Ilíada de que, tras la caída de Troya y la extinción de la estirpe de Príamo, el poder recaería en él y en sus descendientes, que tendrían el Imperio sobre toda la tierra. A Virgilio no le satisfacía plenamente el resultado de su labor, o el sentido de su misión histórica, y antes de morir pidió a Augusto que destruyera la Eneida, cosa que, por supuesto, su viejo amigo no hizo, con buen criterio político y aún mejor sentido literario, porque no era ningún ignorante. Esta parte de la historia está magistralmente narrada en una de las mayores novelas escritas en el siglo XX: La muerte de Virgilio, de Hermann Broch.

Horacio Vázquez-Rial

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