Estaba en Roma con Paco Serrano -decano de la facultad de Ciencias de la Información del CEU- cuando eligieron al cardenal Ratzinger sucesor en la silla de Pedro, tomando el nombre de Benedicto XVI. Recuerdo que un cardenal dijo: «Chicos, se acabó el recreo». No había forma más expresiva de definir lo que iba a ser el pontificado de este filósofo y teólogo que tenemos por Papa y que, entre otras cosas, ha incorporado el platonismo a la doctrina de la iglesia.
Durante estos cinco años el Santo Padre ha intentado, y morirá en el empeño, extirpar la corrupción y las malas hierbas de la Iglesia católica. Ya Pablo VI había comentado, horrorizado, el «demonio» que pululaba por los desfiladeros vaticanos. Juan Pablo II desarrolló una frenética actividad por el mundo entero, proponiendo la palabra de Dios interpretada por los cristianos como un medio de salvación, no el único. Pero «la casa» seguía con los mismos vicios acumulados durante siglos. Se escondían los escándalos y se procuraba minimizar los malos hábitos, a no ser que fuesen tan, tan escabrosos -como el del arzobispo Marzinkus, ¿recuerdan?- que entonces sí tomaban cartas en el asunto.
Benedicto XVI ha asumido la dolorosa carga de limpiar de corrupción la Iglesia, lo que no pudieron, o no se atrevieron, hacer sus antecesores. Y su labor es titánica, contra viento y marea. Los responsables de lo que está ocurriendo -Maciel, pedofilia, escándalos sexuales, sobornos, etc.- no son «los otros», no es la homosexualidad, no es el mundo de la sexualidad con Freud a la cabeza, no son unos pocos curas corruptos y corrompidos. No. Los únicos responsables somos nosotros, los católicos, cada uno en la medida de su responsabilidad, pues todos somos Iglesia. ¿O acaso no es así? No minimicemos, pues, el problema y ayudemos al Papa, y a nosotros mismos, a resolverlo. Sólo de esta forma podremos sepultar este quinquenio de horror y pasar al siguiente, lleno, sin duda, de esperanza.
VADE MECUM
Jorge Trías Sagnier
www.abc.es

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