sexta-feira, 16 de abril de 2010

El rábano por las hojas

Al presidente americano le persigue un temor: que un grupo terrorista, como Al Qaida, se haga con un arma nuclear -o con material radioactivo- y la emplee contra una de sus grandes ciudades. Y tiene motivos para estarlo habida cuenta del ansia destructiva del yihadismo.

Por eso no es de extrañar la cumbre celebrada esta semana en Washington, donde la contraproliferación se ha ceñido al tratamiento y la seguridad del material de deshecho radioactivo esencialmente. El problema es que escuchar a Canadá dando seguridades sobre el buen almacenamiento de sus residuos nucleares no es muy alentador. ¿A quién le preocupa eso?
El problema atómico hoy lo presentan tres países: en primer lugar Irán, dispuestos como están los ayatolas a tener la bomba y explotarla política y estratégicamente para pasar a ser la fuerza dominantes del Levante a Pakistán; en segundo lugar, este último país, con una capacidad nuclear que puede acabar en las manos del mejor postor, como bien sabemos a través de los negocios del padre de la bomba paquistaní, el doctor A. Q. Kahn; y Corea del Norte, quien también persigue divisas fuertes mediante el mercadeo de tecnologías relacionadas con armas estratégicas.

El problema, por tanto, no reside en lo que se propongan los holandeses, franceses o canadienses. Sino en esos tres países. Y sobre ellos nada se ha dicho ni decidido en esta cumbre de Washington dirigida por la batuta firme de Barack Obama. Y, sin embargo, de acabar con la ambición atómica de Irán, contribuir a un mayor control de las tecnologías nucleares en Pakistán, y desarmar realmente a Corea del Norte, sí que supondría un gran avance en la lucha contra el terrorismo nuclear.

Siendo sinceros, las posibilidades de que un grupo terrorista fabrique una bomba nuclear son más bien escasas, dadas las tecnologías que se requieren. Pero que compre o robe sus componentes es otra cosa.

Rafael L. Bardají

www.abc.es

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