Las fabulaciones de Las Casas en cuanto a geografía, demografía y amplitud de las atrocidades que achaca a los españoles, son realmente desorbitadas, hasta la simple estupidez. Aun si los indios se dejaran matar sin más y los pequeños grupos de españoles fueran tan sádicos como para no dedicarse a otra cosa y tan necios como para aniquilar a aquellos de cuyo trabajo pretendían vivir, las cifras de Las Casas resultan imposibles. En cuanto a las acusaciones concretas sobre tales o cuales hechos, algunas son igualmente imposibles, y otras inverificables. Pero los fanáticos lascasistas creen que, al no ser verificables, debe dárseles crédito ciegamente, cuando los embustes generales obligan a cualquier persona con algo de criterio a tomar con pinzas las acusaciones concretas.
Pero la prudencia de los críticos y la evidencia de muchos de los embustes que conforman la mayor parte del corpus de acusaciones lascasianas, no desaniman a los lascasistas. En cuanto alguien niega credibilidad a Las Casas, le acusan –le insultan, más bien– de querer justificar el "genocidio" o de negar que se cometieran atrocidades. La lógica del fanático es así. Naturalmente que se produjeron atrocidades, y las de los españoles en América no fueron más, y posiblemente menos, que las que se producían en Europa o realizaban los propios indios. Las atrocidades se producen constantemente en el mundo, antes y ahora, en guerra y en paz, y vuelvo a recordar, como ejemplo entre muchos, el aborto inducido por los poderes públicos e industrializado de nuestros días, este sí perfectamente verificable y cuantificable. Pero lo que ha dado tanto crédito interesado a Las Casas no es que denunciase atrocidades, sino que lo hiciese en un grado realmente gigantesco. La mentira, como decía Goebbels, tiene que ser muy fuerte y repetida para tener efecto.
La mentira tiene, además, la virtud de generar fanatismo en gran escala. Los comunistas o los nazis o los revolucionarios franceses no practicaban el terror "porque sí", por pura maldad gratuita, sino que lo justificaban como una necesidad frente a la maldad inaudita atribuida a sus víctimas. Así obraron también los llamados libertadores de América en el siglo XIX, apoyándose precisamente en Las Casas, y el mismo terror de la Revolución francesa le debe mucho, partiendo del mito del buen salvaje (bastantes de estas cosas las recuerdo en mi último libro).
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Un problema frecuente, ya lo he dicho, es la mala comprensión lectora incluso en medios universitarios. De modo similar a como la refutación de Las Casas trata de presentarse como la negación de crímenes por los españoles, alguien pretende que al negar que el sadismo del Frente Popular no fue igualado por los nacionales, pone en mi boca la pretensión de que yo niego sucesos sádicos entre estos últimos. Ni mucho menos, y en mis libros he descrito unos cuantos. Ahora bien, lo que es perfectamente sostenible es justamente lo que he indicado, y quien quiera tener un muy ligero atisbo del hecho puede leer o releer en Los mitos de la guerra civil el capítulo dedicado a la persecución religiosa.
La conclusión del comentarista es: "Contra un Gobierno criminal hubo un Golpe Militar criminal". Muy inteligente. Y contra la Criminalidad Nacionalsocialista hubo la Guerra Criminal desatada por los anglosajones. Y contra la Criminal Invasión napoleónica hubo la Criminal Guerra de Independencia. Y contra la Criminal Invasión islámica hubo la Criminal Reconquista. Etc. etc.
En cuanto a la guerra civil, un punto clave es quién la comenzó, porque cuando alguien se ve ante una agresión mortal puede (debe, incluso) reaccionar con la mayor furia, si quiere salvarse. Precisamente, la propaganda del Frente Popular exculpa sus crímenes aduciendo que fueron la respuesta a una agresión de intencionalidad letal. Hoy sabemos sin lugar a dudas que ocurrió al contrario, y no solo en octubre de 1934, sino a partir de las elecciones de 1936. Claro está que uno de esos tan abundante "éticos" exquisitos, cantamañanas en realidad, puede colocarse –imaginariamente, claro– por encima de los dos contendientes (como ha hecho siempre el PNV entre la ETA y la represión antiterrorista) y condenar por igual a unos y otros, porque todos resultan ser "violentos" y cometer atrocidades. Eso es pura vanidad, como la que Ortega criticaba de los señoritos ingleses que, cómodamente arrellanados en los sillones de sus clubs, se indignaban no menos cómodamente y firmaban manifiestos a favor del Frente Popular.
No se trata de ignorar o justificar los crímenes. Pero en estos suele haber atenuantes y agravantes. Y quienes tan cómodamente se permiten la vanidad de condenar por las buenas, debieran recordar que esa comodidad les es posible solo porque ganó la guerra uno de los bandos, a quienes ellos califican donosamente de criminal. Pues es evidente que esos éticos exquisitos jamás habrían sido capaces de parar un proceso como el que inició el Frente Popular, cuya derrota deben a esos otros a quienes, repito, llaman indiscriminadamente criminales, y de cuya victoria se benefician. En fin, es tan fácil como barato alardear de ética desde la seguridad. Habría que ver a esos éticos ante una situación extrema. A menudo han resultado los peores, como aquellos ricos de pueblo que denunciaban unos curas de Segovia, que sin haber sufrido nada, al terminar la guerra eran los más crueles perseguidores de los "rojos", o los fiscales burócratas que pedían penas de muerte sin parar, en contraste con los fiscales que sí habían conocido el frente.
Pío Moa
http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado

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