
Decíamos ayer... que don Manuel Fernández Álvarez quiso ser novelista, que volvió a nacer en marzo de 2002 cuando, infarto tras infarto, apretó sus dientes y aguantó, apoyado por su gran familia y por su gran amor, su alma, su guía, su ángel de la guarda, Marichún, que le tendió su mano en silencio, dulcemente sonriendo.
Decíamos ayer... que no, que no fue una parte de España la única enloquecida. Fue toda España. Algo que hace llorar sólo de pensarlo. Y miró la última hoja de su Diario y la notó rugosa y emborronada, como si alguien hubiera llorado sobre ella hace mucho tiempo. "Dolor y lágrimas: esa es la verdadera historia de la Guerra Civil española, la verdadera historia de una España inmolada en una espantosa y terrible hoguera".
Decíamos ayer... que así describía don Manuel aquella terrible tragedia en el ensayo «Diario de un estudiante en tiempos de la Guerra Civil» (Espasa), dedicado a Marichún, un testimonio escalofriante de su vida, entreverado con alguna sonrisa.
"¿Cómo está la Casa?" "De saludos en la Casa de mi parte", nos decía (casi) ayer don Manuel, cada vez que teníamos el honor, la fortuna, la dicha de hablar con él. La Casa de ABC era su casa, y ABC, su periódico, al que honraba con sus magníficas colaboraciones. Don Manuel Fernández Álvarez, el biógrafo de una gran nación: España, ha fallecido a la edad de 89 años en su Salamanca del alma, en su casa.
Decíamos ayer... que era un sabio de otro siglo. En su conspicuo peregrinar por la Historia de España de los últimos 500 años, don Manuel se encerró en El Escorial (con Felipe II); se retiró espiritualmente al Monasterio de Yuste (siete días, con sus noches, junto a Carlos V) y desempolvó los archivos de Simancas y Tordesillas (por Juana la Loca). Peregrinó a Yuste en busca de los pasos perdidos del Emperador; desveló en El Escorial la España del austero Rey y descubrió en Tordesillas que Doña Juana nunca habría necesitado ir al psiquiatra. Y arrojó nueva luz sobre Garcilaso, Cervantes, Lope deVega y Quevedo. Sus biografías sobre Carlos V, Felipe II y Juana de Castilla han sido un éxito indiscutible de ventas.
Decíamos ayer... que don Manuel era un personaje extraído del siglo de Oro, un tipo de otra época... "¡Hombre!, a mí me hubiera gustado haber podido conversar con Quevedo, no digamos con Cervantes, Lope o Garcilaso, pero no nos engañemos: las condiciones de vida diaria de aquella época eran muy penosas. Y no hay que olvidar nunca que existía la esclavitud y el ambiente inquisitorial, anterior incluso a la propia Inquisición, esa institución intolerante y fanática", nos iluminaba.
Viaje al siglo XVI
Hace más de sesenta años, don Manuel principió un apasionante viaje al siglo XVI investigando y desempolvando todos los archivos del mundo. En 1947 halló una carta que «me llevó a un mayor interés por la figura de Colón y todo lo que le rodea». Era una misiva de Fernando el Católico que aclara quién arropó a Colon: ¿Isabel o Fernando? El académico de la Historia lo desveló: «Muchos eruditos se inclinaban por la figura de Fernando el Católico, pero esa carta revela sin duda alguna que fue Isabel. Fernando dice claramente que veía aquello como una aventura imposible de realizar».
Fernández Álvarez hizo dialogar a Colón e Isabel en «La gran aventura de Cristóbal Colón», un vibrante episodio sobre la Historia de España del que hay que sentirse orgulloso, subrayaba: «He escuchado voces que se llaman “progresistas” que piden que se olvide lo que Colón logró hacer porque a esta conquista le siguieron las acciones feroces de los conquistadores. Esto último no puede negarse, es verdad, pero tampoco puede negarse la grandeza de la Roma antigua. Creo que la aventura de Colón tuvo su saldo positivo: rompió una lanza en favor de nuestra autoestima. Ya está bien de que nos flagelemos y de que siempre tengamos que pedir perdón. Yo sí me avergüenzo de la Inquisición, pero no de lo que logró Colón».
Don Manuel también analizó en la parte final de la obra los cuatro traslados en cuatro siglos de los restos de Colón. Enterrado en 1506 en la iglesia de San Francisco de Valladolid, tres años después su hijo don Diego dispone que sus restos pasaran a la Cartuja de las Cuevas de Sevilla. Y treinta y cinco años más tarde, en 1544, muerto ya don Diego, su viuda doña María de Toledo consigue el permiso del emperador Carlos V y lleva los restos del Almirante y de su hijo a la catedral primada de las Américas, a Santo Domingo: «Parecía un sitio digno del Almirante. Era como un desagravio: que sus restos reposaran en aquella isla que descubrió y de la que fue el primer Gobernador». Y pasaron los siglos sin que nada alterase esa paz. Hasta que a finales del XVIII la Monarquía de Carlos IV considera que no debe dejar bajo autoridad extranjera los restos del Almirante: «Así se decide su traslado a otro dominio español en ultramar: La Habana, isla descubierta por Colón. Un siglo después España perdía Cuba. La Patria reclamó aquellos gloriosos restos. Y se produjo el último traslado a la catedral de Sevilla».
Sobre la memoria histórica que se quiere desenterrar, Fernández Álvarez era tajante: "Un historiador no puede negarse a la memoria, a los documentos, a los testimonios de un tiempo, pero siempre y cuando esa memoria la acompasemos con otras memorias. Que procure ser una lectura completa y no sesgada. Que se trate de dar una visión no parcial, y que no se utilice como arma arrojadiza de combate. Tiene que ser una memoria para comprender el pasado en su plenitud y para ver qué parte hay de tremendos errores para no volver a caer en ellos. Y también para ver qué parte hay de esperanza, de algo verdaderamente lúcido y prometedor para que nos conforte. Porque el pasado no solamente está lleno de errores. Que las sombras no nos acorbaden y que las luces nos esperancen"
Decíamos ayer... que su vida trata de eso, de dar esperanza y decir que no todo está perdido.
Antonio Astorga
www.abc.es

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