Se veía venir en la prensa de progreso: Franco, que escondía un arsenal nuclear en Ocaña, organizó Auswitch y seguramente Katyn, lo que indica que en sus manos Hitler y Stalin sólo fueron dos marionetas. Llegados al punto en que las palabras ya nada significan, del «genocidio franquista» se ocupará la reputada justicia argentina. Pobre Evita.
-¡Y ahora, todos a coro, maldecid conmigo a las cien familias que explotaron a Argentina durante dos siglos! -arengaba Evita desde un balcón de la Casa Rosada.
En la primavera del 47 María Eva Duarte de Perón llegó a España, y en la plaza de Oriente, en nombre de los «descamisados», se dirigía a los madrileños como Zapatero a los mineros de Rodiezmo: «Compañeros, amaos los unos a los otros, por la paz».
-Y si al generalísimo Franco se le arrasan los ojos de emoción ante el pueblo que lo aclama, al general Perón le tiembla la voz también cuando contempla a sus «descamisados» llenando la plaza de Mayo.
Eso decía Evita desde el balcón del Palacio de Oriente en la calurosa primavera madrileña del 47, antes del «boom» del cambio climático y la democracia.
¡Ah, las dictaduras!
«¿Es Cuba una dictadura?», le preguntan los saduceos a Gabilondo, ése que es ministro porque en España para ser ministro basta con querer serlo. Y Gabilondo, que por algo es metafísico, contesta: «No. Las dictaduras técnicamente son otra cosa, y nosotros sabemos bien lo que son.»
La Cuba de Fidel es un lugar del cual no te dejan salir, y eso, técnicamente, es una cárcel. De la España de Franco se podía salir sin necesidad de robar una patera en Calpe para remar hasta Túnez; pero era un lugar donde podían decirte lo que habías de hacer, y eso, técnicamente, es una dictadura. «Una dictadura paliada por el incumplimiento», en frase de Gabriel Maura. Algo así, según Pemán, como el boicot de la Onu, que era una dieta paliada por el estraperlo. Hasta que llegó Evita, aquella figurita de Sévres convertida en Carlota Corday, con sus sacos de trigo.
Cuando la visitó en Buenos Aires, a Pemán le recordó el cuadro de Murillo de «Santa Isabel de Hungría socorriendo a los pobres».
-El gran error de los generales suramericanos es haber sido, como generales, fieles a la escuela prusiana: mano dura, taconazo fuerte... Yo me sirvo del figurín mediterráneo de Alejandro Magno, que era discípulos de su maestro: Aristóteles. Creo que el general Franco sigue esta misma escuela. Hay que ser general hasta aquí, y de aquí hasta allí, filósofo y alumno de Aristóteles.
Eso dijo Perón, padre del justicialismo (aforismos sociales con aire de epístolas pontificias), a Pemán.
Argentina, pues, ha de ser la justicia que vea la causa del «genocidio franquista» (que incluye la prohibición de lenguas del país, siempre que no sea la castellana) y sus palmeros: Perón, Evita, Ike, De Gaulle...
Ignacio Ruiz Quintano
www.abc.es

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