segunda-feira, 12 de abril de 2010

Ultimo viaje, destino Buchenwald

Los prisioneros Clarecen Brockman y Viktor Savatsky / R.V.


“Olía a muerte a distancia”, así que el soldado Clarence Brockmann “podía estar perdido, pero era de sospechar lo peor” cuando, abocó su Dodge ¾ a las puertas del campo de concentración de Buchenwald, aquella mañana del 12 de abril de 1944. Para que “el recuerdo de la inhumanidad” no se desvanezca.

Jorge Semprún, el ex comunista, el prisionero, el exiliado, el escritor y el ministro, tuvo sus primeras palabras ayer para la gesta de “nuestros aliados americanos” que liberaron el campo. A sus 87 años ha llamado a éste su “último viaje” y ha querido dejar nota de que recuerda, y de que teme y que alerta; y se irrita.

Por “eso mismo” le escuchaba ayer tiritando, calada una boina azul, Charles Thomas Payne y “por eso he venido hasta aquí a mis 85”. Tenía sólo 20 cuando, soldado de Kansas, 317 de Infantería, 80 división, penetró “por las puertas del infierno”, 65 años antes de que su sobrino-nieto, Barack Obama, llegara a la Casa Blanca.

En la esplanada de formación, entonces como ayer asolada “por el inclemente viento helado del Ettersberg”, allí donde exaprubtos inhumanos dictaban destinos infernales, Semprún jugó con el misterio de las palabras y los nombres, para pedir que no muriera el recuerdo de los 56.000 muertos aquí.

El deber de la memoria

El autor que en otra vida fue “Federico Sánchez” en otra vida y ha firmado luego “La escritura o la vida”, lo hizo con la lengua alemana “que me salvó la vida”, al ser destinado a administración, con el nombre de los dos primeros soldados yankees en llegar, irónicamente “de origen judío-alemán”, con la palabra bazooka, con el triángulo rojo de comunista y con la S de español.

Alarmado por la corta memoria, encomendó a los escritores el deber de la memoria y, contra el antisemitismo y trivializaciones del holocausto y la barbarie, reconoció sin ambages que “si la memoria queda, será gracias a los judíos”. A la liberación, el más joven prisionero era un pequeño judío de 4 años.

Para algunos los archivos sirven para más que pelearse y así la historiadora mallorquina Elena Rodríguez Codd ha podido revelar a alguna conmocionada familia la tragedia desconocida de un deudo. La familia andaluza de F.G.M. supo que su padre y marido no fue una canalla “que se fue a Francia y los abandonó” sino un malhadado prisionero que sufrió y falleció entre la más extrema barbarie.

La experta en el archivo del campo reconoce que una noticia así cambia la vida y la visión de una familia; como pudo vivir con la familia balear Rabassa, cuando hace 2 años conoció por ella que su progenitor, un concejal socialista que buscó esconderse en un barco a África, no había muerto en realidad en Italia, sino entre las alambradas, las palizas y el hambre de éste, el mayor campo de trabajos forzados de Alemania, con 250.000 prisioneros de 36 países.

Apresado y llevado a Italia, Rabassa, “que ya tenía una edad”, fue arrastrado de campo en campo, atrapado de nuevo por los alemanes cuando capitularon los italianos, y llevado a Flossenbürg, a Buchenwald y al vecino sub-campo de Dora, donde falleció en el día de Nochebuena de 1943.

“Es interesante cómo el hijo menor parece el más conmocionado”, dice esta estudiosa que recuerda que pocos saben que “en Buchenwald había 600 españoles, la mayoría apresados en Francia, aunque algunos en Italia, Bélgica y Noruega”. Rodríguez Codd lamenta lo poco que se sabe en España que “muchísimos españoles murieron en los campos, ése capítulo sí que esta por estudiar”. Uno de los prisioneros presentes, el asturiano Vicente García, confiesa no haber contado nunca nada a sus hijos, aunque “ahora doy a veces charlas en colegios”.

Doble liberación

García era el más jóven y Virgilio Peña, cuyo hermano murió también en el campo de Mauthausen, el mayor con sus 96 años y aún sigue pletórico. “Llegué con 19 y los compañeros me protegieron como a un niño”, dice García. “Hoy, aquí, me vuelve a la cabeza toda aquella dureza que sufrimos”.

Recuerda haberse llevado su ficha antes de huir y, como irredento militante, insiste como una consigna, con Peña, el que “nos sublevamos y tomamos las armas, antes de que llegaran los americanos”. Buchenwald era un campo primariamente comunista, aunque luego llegaron gitanos, homosexuales y judíos, y hasta el ex pesidente francés Daladier y Leon Blum penaron aquí. La historiadora Rodríguez Codd, que entiende el orgullo pero discrepa, y dice que en todo caso “lo convenido es que fue una doble liberación”.

Sobre el propio Semprún se han dicho tambien pestes, pero esas, a más de intrazables, pertenecen al capítulo de las miserias humanas y lo que en Buchenwald convocaba ayer y se rememoraba era la victoria de la humanidad; ésa que tantas veces se autolastima, pero sobrevive.

El escritor insiste en la lección europea sobre el genoma totalitario, aduciendo cómo Buchenwald fue reconvertido de inmediato por los libertadores soviéticos en un nuevo campo para 21.700 prisioneros políticos. En breve, y proporcionalmente, murieron de hecho más a manos soviéticas que a manos de las SS nazis.

«¡Eh, mira bien!»

Recorriendo el lugar y la documentación, es inmediato preguntarse por quienes convivían en las inmediaciones del horror, pero en este caso es la propia cuna de la cultura alemana, la recoleta Weimar de Anna Amalia, Bach y Goethe, la que queda directamente, bosque através, a la vista del campo.

A mil vecinos hizo subir el general Patton, a los dos días de la liberación, a visitar los infectos barracones y las pilas de cadáveres. A una muchacha que se tapa la cara, al pasar ante el indecente amasijo de muerte, la increpa la periodista de Life, Margarethe Bourke: “¡Eh, mira bien! ¡Aún le dirás a tus hijos que Hitler era bueno!”

A otra que aún hizo una broma al salir, un soldado la arrastró fuera de la fila y la obligó a repetir la visita. El periodista más famoso entonces, Edward Munrow de la CBS, concluyó su célebre emisión desde el campo, dos días después de su liberación, advirtiendo: “Sólo les he contado una pequeña parte, créanme que para la mayoría de lo que he visto y oído, no tengo palabras”.

Ramiro Villapadierna - Buchenwald

www.abc.es

Nenhum comentário:

 
Locations of visitors to this page