
Fue líder político siendo aún menor de edad. Antes de cumplir veinte años ya había estado metido en una conjura revolucionaria, la de 1934, que le costó la cárcel. A los veintiuno, fascinado por el ‘paraíso’ soviético, captado por los agentes de la Internacional Comunista, azuzó la bolchevización del PSOE en los meses que precedieron a la Guerra Civil.
Encargado del orden público en el Madrid de la guerra, en noviembre de 1936, recién ingresado en el PCE, nadie puede discutir su responsabilidad política en el asesinato de miles de personas acusadas de ser “enemigos de la República”; entre ellas, varios cientos de religiosos.
En 1939 repudió a su padre en nombre de la revolución soviética: “Cuando pides ponerte en comunicación conmigo, olvidas que yo soy un comunista y tú un hombre que ha traicionado a su clase, que ha vendido a su pueblo. Entre un comunista y un traidor no puede haber relaciones de ningún género… No, Wenceslao Carrillo, entre tú y yo no puede haber relaciones, porque ya no tenemos nada de común”.
Agente de la Komintern en América, figura eminente del PCE en la Guerra Fría, Santiago Carrillo protagonizó a partir de ese momento una rápida escalada hacia el poder en el marco del estalinismo.
Su nombre aparece detrás de todos y cada uno de los siniestros episodios que iba escribiendo el PCE, ya no en la lucha contra el enemigo, sino en la purga sobre los propios camaradas: la delación y muerte de Heriberto Quiñones en 1941, el desmantelamiento del aparato comunista de Jesús Monzón en 1945, el asesinato de Gabriel León Trilla ese mismo año, la aniquilación planificada de los líderes del maquis rojo -El Gafas, Víctor García, etc.-, la expulsión y delación de Juan Comorera en 1958… Un comunista español que denunció sus procedimientos,
Francisco Abad, fue a parar a una de las atroces clínicas psiquiátricas soviéticas. Cuando vio peligrar su estatuto, vendió a su camarada de purgas, Francisco Antón, para salvarse de la quema. Inmediatamente después vendió a su jefe Vicente Uribe para hacerse con la secretaría general, en 1960. Líder de una nueva generación de comunistas, absorbió las ideas que le brindaban intelectuales como Claudín y Semprún y acto seguido se deshizo de ellos expulsándolos del PCE.
Son esos ex comunistas -también Gregorio Morán o Líster- quienes han escrito las más duras acusaciones contra Carrillo. Porque las piezas del expediente Carrillo no las ha escrito sólo la derecha, sino, incluso en mayor medida, la propia izquierda. ¿Qué hacer hoy con este expediente?
En 1977, Carrillo, tanto por interés político y personal como por sincera convicción, renunció a muchas cosas para integrarse en el juego democrático: el PCE aceptó la Corona, la bandera rojigualda, las elecciones, y después la Constitución y la “democracia burguesa”.
Hijo del totalitarismo
Con aquellas renuncias, Carrillo abrió una nueva etapa en su convulsa biografía: el viejo revolucionario cambiaba de piel y se convertía en un hombre público presentable y aceptable. Tanto que en 1982 terminó siendo expulsado (¡él!) del propio PCE.
Desde entonces, le esperaba la confortable gloria del olimpo democrático: conferencias, micrófonos, doctorados honoris causa… Nadie había olvidado Paracuellos, pero la reconciliación bien merecía que se pasara página. El expediente Carrillo quedaba en un cajón del olvido. Y así Carrillo hubiera podido concluir su trayectoria con un final, si no feliz, sí al menos apacible.
Pero he aquí que una generación muy posterior de la izquierda española, que no vivió la Guerra Civil, incluso formada por hijos de los vencedores de aquella, da hoy en recuperar a Carrillo. Homenajes públicos, “los buenos y los malos” (Gregorio Peces-Barba dixit), vindicación intempestiva de la II República, damnatio memoriae sobre la España de Franco (o sobre los Reyes Católicos), memoria histórica…
Carrillo, que ya había guardado la zamarra negra, la gorra con la estrella roja y el revólver, se siente rejuvenecer. El nonagenario líder, crecido, desempolva las viejas banderas, aún sucias de sangre: “El PP es un peligro para la democracia española”, acaba de declarar.
Revival. Vuelta atrás. El pasado hecho presente. Ya no como parodia, según el célebre adagio de Marx, sino más bien como juego de rol. Los logros de la reconciliación, arruinados. Y el anciano líder, ya sin reflejos para entender que está siendo manipulado por un poder irresponsable, se presta al juego: a nadie le amarga un dulce; máxime cuando éste llega al final.
Todos hubieran podido aceptar al Carrillo de 1977. Nadie en su sano juicio puede aceptar al de 1936, cuando, según su subordinado y amigo Segundo Serrano Poncela, mandaba firmar órdenes de ejecución; o de 1947, cuando su misterioso viaje a Moscú; o de 1954, cuando impuso sus tesis en el V Congreso, celebrado en Praga.
En nombre de la reconciliación, se puede pasar página sobre el dolor y la muerte si hay voluntad de convivencia. Pero si la voluntad es la contraria, entonces, y precisamente para salvaguardar la convivencia, no queda sino abrir el viejo baúl y contar la verdad.
José Javier Esparza (Autor de 'El libro negro de Carrillo')
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