quarta-feira, 14 de abril de 2010

Lección para Felipe VI

El tan legítimo como inapropiado y vehemente acto de afirmación republicana de hace dos días en la Universidad Complutense de Madrid, incluidos sus amagos de violencia verbal, supone un grave episodio de nuestro presente histórico del que, antes que nadie, debería tomar nota ese gran rey que en su día será el hoy Príncipe de Asturias. Porque los allí congregados no trataban sólo de defender al juez Garzón, ni siquiera de ajustar cuentas a destiempo con un régimen franquista contra el que el ex fiscal Jiménez Villarejo no ha movido un dedo desde que se jubiló hace siete años. No. La alquimia política profunda de la exaltación tricolor del pasado martes y trece lo que persigue al situar las actuales instituciones como herederas de la Dictadura –esos hijos y nietos de franquistas de los que habló Cándido Méndez– es directamente la superación de la Transición. Un proceso éste coronado por el Rey Juan Carlos, razón por la cual, estos actores, en el doble sentido, de la izquierda española gustan cada vez más de viajar en el tiempo hacia la Segunda República sobrevolando un periodo 1975-78 que consideran no recoge su nueva frontera.

No es casualidad que hayamos visto en la primera fila a Pascual Maragall, impulsor del nuevo Estatuto de Cataluña que jurídicamente tanto está costando embridar. Pero, igualmente se constata una casta de dirigentes partidistas y sindicales a los que la generosidad presupuestaria de la monarquía parlamentaria ha llevado hasta un inestable y satisfecho hastío institucional deseoso de nuevas emociones. Pues bien, la mejor solución para neutralizar estas corrientes antes de que se desborden acaso sea una reforma de la Constitución que, manteniendo inalterado su espíritu, actualice las potencialidades de su propio texto combinando moderación y pragmatismo.

Santiago Talaya

www.larazon.es

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