La imagen de Guillermo Luca de Tena que viene a mi cabeza es del 23 de Febrero de 1981. GLT estaba al frente del periódico. Pasamos juntos, sin asomo de sueño y con creciente excitación, aquellas primeras 16 horas. Le recuerdo marchando a su casa, pasadas las ocho de la mañana del día 24, ofreciéndome un sitio en un desvencijado coche del periódico que se ofrecía a llevarnos, mis torpes pretextos para irme por mi lado. Jornada durísima, bellísima. Nunca trabajé tanto ni a tal velocidad. Él me dictaba, yo corregía, él se enfadaba no conmigo, consigo mismo. Siempre habíamos sabido distinguir bien, él y yo, qué era un jefe, qué era un amigo. Pero aquella madrugada nos unió con un vínculo raro que no se rompería ya.
A veces, cuando en estos últimos años le veía mal, pensaba escribir algo. Luego me lo quitaba de la cabeza, imaginaba a un amigo escribiendo mi necrológica conmigo vivo y coleando, escena, esta sí, para morirse de golpe.
Noches en la Redacción Guillermo Luca de Tena fue ante todo un buen español. Creo que es así como querría ser recordado. Amaba carnalmente a su país: no solo a su tierra vasca, a Sevilla, a Navarra, sino a la España que recordaba bien, anterior a la guerra civil. Tenía 13 años más que yo. Yo había empezado a trabajar con su hermano mayor, Torcuato. Pero fue con él con quien trabé, no me pregunten por qué, un vínculo especial, un buen rollo. Siempre fuimos fieles, él y yo, a ese entendimiento, en el que se mezclaban componentes empresariales, intelectuales, periodísticos, sobre todo de brega diaria, de noches que no acababan. Pero era un tiempo en que no nos disgustaban ni desgastaban las largas noches en la Redacción.
GLT tenía un rasgo, una característica: el respeto al interlocutor, al más pequeño interlocutor. Pocos españoles he conocido capaces de escuchar como él. Alguien que le hablara, pensaba él, tendría un recado que darle, un mensaje que transmitirle. Su hermano Torcuato escuchaba menos; él escuchaba con unos ojos muy abiertos, atentísimo.
No hablaré del artículo a doble página publicado aquel 24 de Febrero en ABC. A quien le interese, puede leerlo. Es más, yo pido que se lea y analice. Nadie metió mano en ese artículo salvo Guillermo Luca de Tena. El distante tecleador, yo, tecleaba al extremo de una mesa larga, un despacho muy grande, con un techo como de seis o más, un techo desmesurado, mientras él con las piernas encima de la otra mesa, una enorme mesa de despacho con carpetas, pruebas calientes alrededor de la desbordada papelera, bebía vasos y vasos de agua mineral y derramaba lágrimas: no lágrimas por España, ni por la monarquía, ni cosas así, sino por la cortina de humo que nos separaba. Nunca fumaba yo en ese despacho; él pasó a mis ducados al acabar su paquete, llamó a un ordenanza para conseguir reposición, el ordenanza se había ido a dormir, algunos no comprenden, dijo, lo que es una noche especial. Lean ese artículo, explica algunas cosas. Y de las que explica, ni una sola se ha revelado incierta (Anatomía de un instante, la mejor monografía aparecida hasta hoy, confirma lo publicado por GLT al día siguiente de la tentativa de golpe de Estado).
Hacia las ocho de la tarde creo recordar, aparecía repetidamente en los teletipos el nombre de Alfonso Armada. Traidor, traidor, traidor, traidor. Pero quizá esa palabra no se deba usar, apuntaba el teclista. Te digo que es él. Sí, él es el traidor, él ha puesto a estas gentes de acuerdo. Son pocos y mal avenidos. Pero todo se juega en cada minuto, el rey tiene que salir a la tele, y no me cogen el maldito teléfono (GLT había sido senador real y sobre todo miembro muy activo del Consejo Privado del Conde de Barcelona: supo, a grandes trazos, la conversación que habían tenido padre e hijo aquella noche, solo lo arreglas hablando ya mismo en televisión, etcétera). Sigue GLT: Milans igual a cero, Cortina igual a cero. Cuando lo digo, hay que creerme. Traidor, traidor, traidor, traidor. Yo le veía, borroso en medio del humo, inequívoco en la afirmación. Los hechos demostraron que sabía lo que decía. A veces los hechos son engorrosamente difíciles de disimular.
Defensa de su empresa Fue un buen español, Guillermo Luca de Tena, y así pienso que querrá ser recordado. Fue un hombre leal a su rey, hasta el límite de 1977. Fue ejemplarmente leal al hijo del rey, el actual rey. Fue heroico en la defensa de su empresa, que dos bancos se disputaban (no por cierto el Banco Central). En los años 1980-90 defendió a ABC en solitario, con su pequeño respaldo personal, patrimonio pignorado. Lo siguió defendiendo con igual heroísmo cuando, rico ya, se produjo la fusión que desembocó en Vocento. No vamos a decir la retahíla habitual: pero sí conviene recordar qué formidable amigo de sus amigos fue, qué grado de integración mantuvo con los más de 2.000 empleados de ABC, él entre otros, sin tener nunca la más remota tentación de ser el hijo del dueño.
Darío Valcárcel
www.abc.es

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