segunda-feira, 15 de março de 2010

Islam radical: tenemos un problema

¿Habrá dentro de cien años peregrinaciones a París para rezar ante el Minarete Eiffel? Esa es la pregunta con la que principia la obra póstuma de Michael Radu. ¿Provocación? De primeras, puede parecerlo; cuando se acaban estas quinientas páginas, la cosa cambia.

Las tesis de este libro no resultan desconocidas: 1) se está produciendo un fenómeno de radicalización religiosa en el mundo islámico; 2) en Europa, las minorías musulmanas no dejan de crecer; 3) los integrantes de dichas minorías están pasando igualmente por un proceso de radicalización; 4) por doquier, las políticas de integración o asimilación han sido un fracaso; 5) la respuesta oficial y social ha sido el apaciguamiento. Pero no por ello deja Radu de traernos novedades.

Al igual que otros autores, como George Weigel, ya comentados en estas páginas, Michael Radu sitúa el problema en una clara y presente contradicción: la creciente asertividad del islam radical frente a la crisis de identidad de Occidente, que lleva a éste a la pusilanimidad. O al autoengaño. Por ejemplo: la idea de que a través del diálogo se podrán resolver las diferencias entre ambas civilizaciones (algo que está en la base de la mal llamada Alianza de Civilizaciones de nuestro presidente Rodríguez Zapatero).

La noción de que con la palabra surge automáticamente el entendimiento y la convivencia pacífica está tan arraigada entre nosotros que incluso alguien tan lúcido sobre lo que nos depara el islam radical como el asesinado director de cine Theo Van Gogh sólo acertó a decir a su asesino, Mohamed Bouyeri. "¡No lo hagas, no lo hagas! Seguro que podemos hablar sobre ello". Pero, como descubrió dramáticamente al segundo siguiente, hay diferencias que las palabras no son capaces de borrar; sobre todo cuando el enfrentamiento es entre la razón y el cuchillo o la mochila-bomba.

Segunda gran enseñanza de esta obra: la democracia no es ni debe ser un pacto para el suicidio colectivo. El blando multiculturalismo, más un escapismo de la realidad que una filosofía política, sólo conduce a que la tolerancia acabe siendo asesinada por los intolerantes. Y todo bajo el mantra absurdo de que cada sociedad, cultura, religión tiene derecho a ser como es, en tal o en cual lugar.

Tal vez esto no fuera un problema grave si la identidad europea y occidental tuviese hoy algún valor, como lo tuvo antaño. Pero no lo tiene. Sería conveniente recordar las palabras de sir Charles James Napier, gobernador de la India, en 1849:
Ustedes dicen que es su costumbre quemar vivas a las viudas. Muy bien. Nosotros también tenemos una costumbre. Cuando un hombre quema viva a una mujer, le ponemos una soga al cuello y le colgamos. Construyan su pira funeraria, que mis carpinteros harán un patíbulo. Ustedes pueden seguir con sus costumbres; nosotros seguiremos con las nuestras.
Nada más lejano a la realidad europea de nuestros días. Puede que volvamos a ver las piras para las viudas, pero nosotros no opondremos patíbulo alguno. ¿O sí?

La última vez que vi a Radu fue en diciembre de 2008, a las afueras de Tel Aviv, adonde habíamos acudido ambos por gentileza de la Universidad Bar Ilán. Tenía 61 años mal llevados, según él, a causa de sus muchas penalidades en la Rumania de Ceaucescu, de donde era originario y de donde saldría en 1976, para instalarse en los Estados Unidos. Un infarto acabaría con él apenas tres meses después. Recuerdo que ya entonces hablamos de su nuevo libro, que apenas acaba de ver la luz.

Radu, ya americano, se apartó momentáneamente de los temas directamente relacionados con el terrorismo, su verdadera especialidad, para dedicarse a comprender y valorar la crisis civilizacional de nuestro tiempo. Pasaba a integrarse así en ese grupito de norteamericanos conocedores de la realidad europea que viene dando la voz de alarma desde hace unos años sobre el crecimiento y la relevancia del islam radical en Europa. Y sus posibles implicaciones. Pienso, por ejemplo, en Bruce Bawer, con While Europe slept (hay versión española) y con Surrender; en Mark Steyn, con el reciente Lights out; en Daniel Pipes o en Ayaan Hirsi Ali. Curioso, pero explicable, que abunden más los americanos que los europeos entre quienes abordan el problema de Europa: aquí, la corrección política es la norma.

En cualquier caso, Radu, que era un optimista a pesar de todo, no dejaba de creer que también en Europa habrá una línea roja que nos haga despertar. Creía –y en la última parte de este libro queda bien claro– que los holandeses, los españoles, los franceses, que los europeos explotarán en algún momento, ante el avance del islam radical. Sus ojos estaban puestos en lo que pasaba en Holanda, convulsa tras el asesinato de Theo Van Gogh a manos del islamista Bouyeri. Seguro que si estuviera vivo me señalaría con entusiasmo las recientes victorias municipales del Partido por la Libertad de Geert Wilders en las ciudades de Almere y La Haya. ¿Pero se trata en realidad de una tendencia consolidada o de una sacudida momentánea? Es pronto para saberlo.

Lo que sí se puede decir la esperanza que albergaba Radu entra en conflicto con lo que el propio Radu expone y describe en estas páginas. Y la situación económica no va a favorecer el que los inmigrantes se sientan más integrados en nuestro viejo continente; al contrario: ahondarán en su ya consolidado sentimiento de que están en pero no son de Europa.

Radu quería creer en un cambio para mejor. Pero si no se habla del problema, y a izquierda y derecha la corrección política lo impide, si no se adoptan las decisiones necesarias, al final puede que se haga realidad la profecía del gran historiador Bernard Lewis: "A final de siglo, Europa será islámica". De momento, ya empiezan a aparecer partidos políticos musulmanes en España. Y canales de televisión. ¿Qué será lo próximo?


MICHAEL RADU: EUROPE'S GHOST. TOLERANCE, JIHADISM, AND THE CRISIS OF THE WEST. Encounter Books (New York), 2010, 500 páginas.

Rafael L. Bardají

http://libros.libertaddigital.com

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