sexta-feira, 6 de junho de 2008

Cuarenta años después

En las últimas semanas, centenares de eventos han conmemorado en Francia la revuelta estudiantil de mayo de 1968 (que en realidad comenzó en marzo y finalizó en junio). Se le ha prestado a este cuadragésimo aniversario menos atención en otros países, incluidos los Estados Unidos.

¿Fue mayo del 68 un asalto anarquista contra toda forma de autoridad, como creen algunos libertarios? ¿Fue una embestida anticonservadora, como predicó su dirigente más visible, Daniel Cohn-Bendit? ¿Fue un intento por rescatar a la izquierda del estalinismo, lo que explicaría la oposición de los sindicatos comunistas a los estudiantes? ¿Fue un acto de hipocresía de jóvenes manifestantes que vivaban al Che Guevara y a Mao al tiempo que vituperaban el autoritarismo de Charles de Gaulle y a los herederos europeos de Stalin? ¿Se trató apenas de una rabieta de niños bien que arrancaron los adoquines del Barrio Latino porque no soportaban el aburrimiento? ¿O fue, como aquellos eslóganes nos invitan a pensar, un ruidoso pretexto para la poesía («La imaginación al poder», «Está prohibido prohibir», «Todos somos judíos alemanes»)?

Fue todo eso, es decir: una gran contradicción. Cuarenta años después, el legado es también contradictorio. A pesar de que la revuelta duró pocas semanas y el general De Gaulle venció abrumadoramente en los comicios legislativos que se vio obligado a convocar, el espíritu individualista de aquella rebelión hizo mucho por liberar las costumbres europeas del corsé en el que estaban atrapadas. Al hacerlo, acaso ayudaron -vaya paradoja- a acelerar la globalización de Francia. Nadie lo expresa mejor que el académico francés Serge Audier: «La generación del 68 jugó un papel fundamental en el desarrollo del capitalismo a finales de los años 70, al levantar la última barrera contra el comercialismo irrestricto: los valores tradicionales».

Y sin embargo el espíritu de 1968, con su tonta denuncia de la empresa privada y su glorificación de terroristas de signo socialista, también propició un conformismo que explica en buena parte el declive francés de las últimas décadas. Los herederos del mayo de 68 son hoy los guardianes del privilegio: estudiantes, empleados públicos y sindicalistas franceses que protestan contra los muy tímidos intentos del presidente Nicolas Sarkozy de modernizar la burocracia (e intelectuales que les proporcionan respetabilidad académica). En 1968, los estudiantes querían liberarse del Estado. Actualmente, quieren seguridad... pagada por el Estado. Lo que en 1968 fue una revuelta contra la autoridad se ha convertido en la sacralización del poder estatal.

En otros países, hemos visto un efecto algo parecido. En los Estados Unidos, quienes protestaban contra la autoridad y la inequidad en los predios universitarios lo hicieron cuando Lyndon Jonson dirigía el mayor aumento del poder del Estado registrado desde el «New Deal» de F. D. Roosevelt. Más tarde, provocaron una reacción conservadora contra los excesos de la «contracultura» que causó una confusión entre política y religión por obra de un movimiento evangélico que, bajo el disfraz de los valores tradicionales, buscó imponer su proyecto moral al resto de la sociedad.

La contradicción es visible en el propio presidente francés. Sarkozy desafió todas las convenciones sociales al casarse con la modelo italiana Carla Bruni a poco de su segundo divorcio y convertir su primer año en el gobierno en un asunto de la prensa del corazón. Andre Gluckman, un ex «soixante-huitard» («sesentayochista»), afirmó que el presidente francés «no sabe cuánto le debe a la revolución mental o moral de 1968. Sin el 68, un hombre divorciado, un hombre con sus antecedentes, jamás hubiese llegado al palacio presidencial». Se refería a sus antecedentes de judío e inmigrante. Pero, por otra parte, Sarkozy ha renegado de su promesa de acabar con la semana laboral de 35 horas y encabezar otras reformas, exhibiendo en esto un conformismo que no difiere mucho del de sus predecesores.

En marzo de 1968, el ministro de la Juventud y los Deportes de Francia fue encarado en la Universidad Nanterre por un estudiante pelirrojo que se quejaba de que hombres y mujeres no pudiesen compartir los dormitorios. «Si usted tiene un problema sexual, vaya y tome una ducha fría», fue su famosa respuesta a Cohn-Bendit, conocido como Daniel el Rojo. Pocas semanas después, la revuelta estudiantil capturó la imaginación del mundo. Cuarenta años más tarde, parecería que el movimiento estudiantil francés y sus herederos aceptaron tomarse tomar esa ducha, aplacando con ella su apetito de cambio.

Álvaro Vargas Llosa
® 2008, The Washington Post Writers Group
(*) Director del Centro Para la Prosperidad Global en el Independent Institute

Nenhum comentário:

 
Locations of visitors to this page