quinta-feira, 4 de março de 2010

Buenismo puro

El 1 de julio de 1999, José María Aznar cenó en Caracas con Hugo Chávez. Cuando volvía de la cena fumándose un gran puro se tropezó con tres o cuatro periodistas españoles que estábamos en el hotel. Se paró a hablar y, entre otras cosas, contó que Chávez le había dicho que para su tarea de gobierno, recién comenzada, tenía dos referentes: Fidel Castro y el propio Aznar. Ni más ni menos.

Chávez, además de hacer gracietas que suelen regocijar sólo a quienes no lo sufren en su país, tiene la costumbre de comenzar sus relaciones con un descarado ejercicio de peloteo para hacerse amigos en el mundo. A Zapatero lo elogió como líder del antiimperialismo por haber retirado las tropas de Irak y por querer venderle aviones y barcos, pese a la oposición de Bush.

La diferencia entre Aznar y Zapatero es que al primero la sintonía con el mandatario bolivariano le duró más bien poco: el tiempo suficiente para constatar que sus referencias tiraban más hacia La Habana que hacia Madrid y que no atendería las peticiones de un mayor control sobre los etarras en suelo venezolano.

Zapatero, por lo que se ve, necesita algo más para desmarcarse de Chávez. Al presidente del Gobierno y a su ministro Moratinos no les pareció suficiente para llamarle la atención en esto seis años, ni las bufonadas que llevaron al «por qué no te callas?« del Rey, ni los continuos desprecios hacia España, ni la falta de soluciones para los españoles expropiados por el régimen. Tampoco ahora, ante las acusaciones del juez Velasco que Chávez achaca a un contubernio de viejos y nuevos imperios, el Gobierno se muestra firme. Pedir explicaciones es lo mínimo que se puede hacer, pero, a la vista de su reacción, creer que Chávez va a colaborar para esclarecer las relaciones de su Administración con ETA y las FARC, es un nuevo ejercicio de buenismo, que sólo servirá para que el caudillo bolivariano nos siga tomando el pelo.

Luis Ayllón

layllon@abc.es

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