El actor Willy Toledo y Smiley fueron acusados esta semana respectivamente de una extraordinaria complicidad con el régimen cubano y de no actuar para sacar al país de la crisis. Son imputaciones excesivas. El señor Toledo es un reaccionario capaz de respaldar sin ambages a la más duradera dictadura de América Latina, pero en ningún caso cabe calificarlo de extraordinario. En efecto, su actitud no está fuera de orden sino que ha sido la habitual desde hace medio siglo en personajes de una relevancia política e intelectual muy superior a la del actor español, desde un premio Nobel como Gabriel García Márquez hasta dirigentes desde el PSOE a Izquierda Unida, pasando por el supuestamente ejemplar y moderado Lula da Silva (y algún ejemplar mejorable de la derecha). Todos ellos, junto con una multitud de intelectuales y artistas, aplaudieron los «logros» de la tiranía, o miraron hacia otro lado ante las evidencias criminales del castrismo, o las justificaron con diversas excusas, desde la revolución hasta el bloqueo americano. Lo realmente sombrío de don Willy no es que sea detestable sino que está lejos de ser una anomalía. También es anómalo proclamar que ningún gobierno saca a ningún país de ninguna crisis, porque la riqueza la crean los ciudadanos, los trabajadores y los empresarios, no las autoridades. Ellas habitualmente no ayudan, y en cambio fastidian mucho o poco. Para ayudar deberían bajar apreciablemente el gasto público y abrir todos los mercados, no sólo el de trabajo. Smiley no lo hace ni lo hará. Por lo tanto, si lo que vende es sólo humo no deberíamos escarnecerle por ello, y tampoco exigirle que gobierne, como le reclaman Barbie y los suyos. Si Smiley gobierna más, lo hará aún peor, con lo que es preferible que siga como hasta ahora y no haga más daño. El PP no bajaría mucho los impuestos ni abriría los mercados porque carece de una arquitectura doctrinal liberal solvente para plantearlo. No lo hizo Fanfan la Moustache, y mucho menos lo hará Barbie.
Carlos Rodríguez Braun
www.larazon.es

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